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lunes, 1 de septiembre de 2014

La misteriosa chica del parque

Mis calificaciones eran deplorables. Cursaba el quinto ciclo de ingeniería civil pero llevaba cursos de tercero y cuarto. Nunca quise estudiar esa carrera, solo lo hacía porque mi papá es ingeniero civil y gana un sueldo nada despreciable, además que cuando estaba en el colegio él siempre me reventaba las bolas con que nada lo haría más feliz que continúe su legado. Para ser honestos, nunca quise entrar a la universidad. Siempre soñé con ser futbolista. Cuando era chibolo jugaba en las divisiones menores de mi club querido, Alianza Lima. Jugaba de volante ofensivo. Me destacaba por dar pases precisos a la cabeza o a la pierna del compañero, esos llamados pases gol; de vez en cuando también pateaba al arco, mucho remates terminaban en gol. Con respecto a la marca, nunca fui muy bueno, por eso jugaba en esa posición. Al terminar el colegio tuve discusiones con mi viejo y terminé estudiando algo que no me llama la mínima atención. 
Era el primer día de clases. Escuchaba un set recontra achorado de Disclosure, puse mi mirada en la ventana del bus. Este se detuvo unas cuadras antes de llegar a la av. Chimú. En el otro lado, o sea en la calle, en pleno parque corría una chiquilla de mi edad. No era la gran cagada pero tenía algo que me causaba atracción. Trotaba a buen ritmo. Parecía feliz, llevaba una inmensa sonrisa en el rostro. Cuando ella se esfumó, el bus empezó a moverse con lentitud. “Avanza oe chantón”, le dijo al cobrador, el tipo que estaba sentado al costado de mí. Ese sujeto era el sudor en persona, aparte de eso olía a mierda. El set de Disclosure acabó e inició Sun and moon de Above & Beyond. 
De lunes a viernes, a la misma hora, en el mismo parque, veía desde el mismo bus a la chica de siempre. La curiosidad de saber quién era ella nació y creció a lo largo del tiempo. Debo confesar que hasta me empezó a gustar. Nunca había visto en mi miserable vida a una persona que siempre esté feliz. “¿Será humana?”, dije sonriendo estúpidamente. Mientras tanto, una vieja que tenía a un chibolo malcriado entre sus piernas me miró como diciendo: “Pobre loco” o “cojudo de mierda que habla solo”. No me importó. 
Si las cosas me iban mal antes, ahora ya estaba sumergido en la mierda. Me habían votado de las prácticas pre profesionales que hacía, aduciendo que era un incompetente y que si se demoraron tanto en decirme eso, fue que le tenían un gran aprecio a mi padre. Eso me bajó un poco pero lo que si fue un baldazo de agua fría en pleno invierno del día más frío fue que vi a mi flaca besándose con otra, en plena universidad. Al día siguiente le increpé aquella imagen imborrable y me confesó que era leca, que se metió conmigo para utilizarme de pantalla, que nunca me amó y que la disculpe. 
Pasaba con el mismo bus, a la misma hora y no veía a la chica de siempre. Al quinto día al fin la volví a ver. Me levanté del asiento, me dirigí atrás y toqué el timbre. Bajé y me acerqué caminando hacia ella. “Oye, chica misteriosa, ¿puedes detenerte un momento?”, le dije. Ella no me hizo caso. Dejé de caminar y corrí detrás de ella. Estaba a punto de alcanzarla pero, amigos, no creerán, suena un toque idiota pero desapareció. Se metió como a una especie de portal desconocido. Sin pensarlo también me metí en el mismo agujero y fui transportado al puente Javier Prado, no sé cómo explicarlo pero se me acabó el camino y caí, caí en cámara lenta. Amigos, fue anecdótico porque no morí por paro cardiaco, era obvio, no caí de un edificio de muchos pisos, la distancia fue corta. Caí como un saco de papas y me estampé en la pista. Morí desangrado. Menos mal que el chofer del auto que se aproximaba, se detuvo y no me arrolló. Ocasioné un tráfico del carajo. 
Al fin pude comprender que aquella chica misteriosa que veía trotando era nada más y nada menos que Miss Murder. Siempre estuvo ahí, llamándome sin querer, induciéndome a acabar con mis problemas.

martes, 1 de octubre de 2013

La Dimensión desconocida

La pelota rodaba en la loza deportiva, Manolo con gran habilidad le roba el balón a Leo, éste se cae al piso mientras Manolo con un soberbio remate mete un gol que deja atónitos a sus compañeros. Leo se levanta y al ver que la cagó, baja la mirada. Plash se oyó, aquel sonidillo se perdía en el viento, el gordo retira su mano de la cabeza de Leo y le dice: "cabro de mierda, juegan bien conchatumadre". Leo era un muchacho un poco afeminado, aunque nunca dio señal de ser homosexual, siempre le hacían bullying en especial el gordo, todos los días le metía lapos en la pelada. Ese día fue el último, "oe no me jodas, panzón de mierda", dijo Leo con voz temblorosa. El gordo se río y lo miró con odio, lo agarró de la parte de arriba del polo y lo empujó. 

Debo confesar que Leo nunca fue mi amigo, pero hay una cosa que me llega al pincho y son los huevones que se creen abusivos. "Déjalo oe payaso, ¿qué chucha tienes?", le dije. "¿Padrino eres?, arranca nomás oe conchatumare o quieres te reviente", sentenció el gordo. Antes que me tire el primer golpe, me adelanté y le tiré un puntapié en la pierna, el gordo se inclinó lentamente –recuerdo ese día como si fuera ayer, quizá nunca la olvide–, acto seguido le tiré un puñete en la ñata, el gordo se cayó, su nariz sangraba, la gente permaneció inmutable. Había hecho lo que muchos no se atrevían. No me acuerdo cómo, pero el marrano se abalanzó sobre mí, parecía que era un toro rabioso, no podía zafarme, pensé lo peor. El gordo me tiró dos puñetes, uno en cada mejilla, golpes que me ocasionaron un terrible dolor por mes y medio al comer. Cuando iba a tirarme el tercer puñete, Manolo con Adriano lo sujetaron de ambos brazos y lo levantaron. "Oe huevón ya fue ya", le dijeron. El gordo respiró hondo y me advirtió que ya no me quería ver nunca más, que la próxima no salía vivo. A partir del día siguiente no me dirigió la palabra ni mucho menos me busco bronca. Aunque haya quedado como un supuesto héroe, ese chiste me costó la expulsión del colegio, qué da, al cabo que ni me gustaba ese colegio. 

****

Me despierto y escucho: "portón, portón", giro el cuello y observo por la ventana, "puta mare", dije. Me había pasado dos paraderos. Bajo. Caminé en zic zac, estaba mamadazo, había combinado whisky, vodka, ron, tequila y chelas. Eran las tres y media de la madrugada. Como ratas salidas de la alcantarilla, aparecen tres sujetos.

–Ya perdiste pe conchatumare –dijo uno que se parecía al casha.
–Ya fue brother, relajado -dije, al ver que estaba acorralado. No tenía ni las fuerzas ni las ganas de correr, no llevaba nada de valor, a excepción de un celular barato. 

Uno de ellos me cocoteó y el otro me puso un cuchillo en la cara. "En la cara no, carajo", dije en mi mente. "Oe, huevones, aguanten, ¿eres tú, Ignacio"? dijo un muchachillo alto que tenía un par de cortes en el rostro como Bardock. Lo miré fijamente, no lo recordaba, "y quien más" le dije. "Ignacio, soy Leo, ¿no te acuerdas de mí?". "Brother, a los años" le dije, mientras me liberaba. "No le hagan ni mierda, él es mi causa" dijo, después les contó la historia cuando lo salvé, ¿lo salvé?, eso no importa. Me pidieron disculpas y en son de paz me hicieron la taba hasta media cuadra antes de mi casa, ya cuando divisé mi causa le extendí la mano a cada uno y me despedí de ellos. "Despiértate oe vago de mierda, borracho", se escuchó de la nada, abrí los ojos extrañado, eran cerca de las dos de la tarde, había dormido con las zapatillas puestas. Me levanté y me lavé la cara. Siempre me preguntaré si fue cierto lo que me había pasado al bajar del carro o fue un sueño o una pesadilla o un simple juego de mi mente.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Las alucinantes historias del pelado

Nunca imaginé lo que iba a llegar que hacer para ser un promotor de eventos. Como yo soy una persona muy sociable, tengo un montón de contactos, hacer amigos para mí es como pasar Mario Bross a un chico obeso de los noventa. Un día un brother me dijo para ser promotor, a lo que le respondí: "Ya pe, las huevas, cómo es la movida". Me llevó donde un tío que vestía de puta madre. Cuando nos presentaron, mi brother se fue y me dejó solo con el tío. Estuvimos hablando, relajado, hasta que de pronto... 

–¿Así que quieres ser promotor de eventos, no? 
–Sí, Fabri me dijo y puta, me parece interesante la idea. 
–¿Tienes experiencia? 
–No, pero manyo a un huevo de gente, muevo masas cuando hay tonos. Creo que es el trabajo ideal para mí. 
–Creo que en verdad eres para ese trabajo -dijo tocándose el mentón con los dedos de la mano, acariciando, como si tuviera una enorme barba. Sus ojos no se desprendían de los míos. 
–¿Cuando empezamos entonces? -dije mientras sonreía estúpidamente. 
–Mira, quiero confiar en ti, te tengo una prueba: anda al Down Town y promuéveme un evento que tengo ahí, va a ser el sábado, ¿qué dices? 

Pensé que era una broma pero al observar su rostro que permanecía en completo estado de seriedad supe que lo decía en serio. Mis manos temblaban. Se me hizo un nudo en la garganta. Nunca imaginé semejante proposición. Permanecí en silencio, algunos segundos que parecieron una eternidad. 

–Listo, tú dirás como es -sentencié frunciendo el ceño. 

Ya pues, llegó el sábado y logré vender cerca de cincuenta entradas. Las primeras las vendí a mis conocidos y a alguna gente por internet, se los entregaba por delivery. El mismo día me paré cerca de la disco y vendí cerca de quince entradas completando las cincuenta. El tío se contentó y me felicitó, también me invitó a pasar gratis y me puso una botella de whiskey etiqueta azul. Me sorprendí porque aparte de homosexuales habían flacas, que, ¡Dios mío!, estaban más buenas. La pasé de puta madre ese día. 

Y así fui moviendo eventos todos los sábados. Un día fui al Barranco Bar, ya era conocido en ese lar. Los VIP me manyaban y todo de reconchasumadre. Estaba con mis patas y unas flaquitas, me fui a bailar con una de ellas al dancefloor y dejé mi polera en la caja de chelas. Cuando regresé mis patas, que era medio quedados, me dijeron que unos forajidos se habían llevado la caja con mi polera encima. Yo no quería problemas ese día, me fui donde ellos y les hable tranquilo, les pedí que me devolvieran mi polera, que las chelas se las queden. Me miraron, uno de ellos se cagó de risa y me dijo: "Oe sabes que chibolo baboso, arranca antes que te saquemos la mierda". Sonreí mostrando mis dientes amarillos por la droga en abundancia que consumía y mis brazos que estaban detrás de mi espalda se abrieron, tenía dos botellas de chela en cada mano, acto seguido se las reventé en la cabeza del joker ese. Su mitra empezó a sangrar, solo podía ver ríos de sangre. Sus patas se pararon y quisieron buscarnos bronca. Llego un par de VIP's y nos separaron, uno de ellos me preguntó qué había sucedido, a lo que le respondí que ellos fueron los que empezaron la bronca y yo solo me defendí. "Ya pelado", dijo y llamó a unos tombos, vinieron en one y se llevaron a esos hijos de puta. El dueño de la discoteca bajó. 

–¿Estas bien? 
–Sí, todo tranquilo. 
–Oye papi quiero que me disculpes, esas huevadas nunca pasan. 
–Sí, lo sé, olvídalo. 
–Mira, como símbolo de disculpas te doy un Absolut. 
–No, nada, no te preocupes. 
–Pelado, no acepto un no como respuesta. 
–Ya pues, gracias. 

Y así seguí toneando ese día. La mitad de la pista de baile era solo para mí y mis acompañantes, alucina... El electro más comercial sonaba a todo dar en la amplia sala de Mim. Se dejó a un lado la timba por música de DJ's como Hardwell, Avicii, Bingo players, entre otros. Cada cierto tiempo llegaba más gente a la pequeña reunión de Mim, reunión de despedida, porque ella se regresaba a California a continuar su vida, lejos del país que la vio nacer. Había invitado a sus amigos de colegio, primas y los enamorados de ellas. Pero de todos sus invitados, el pelado, con sus historias alucinantes, se ganaba el respeto de la gente.

viernes, 2 de agosto de 2013

Focus group

Luego de caminar sin rumbo como un huevón, llego a la av. Rosa Toro, saco el celular y le pongo otro chip, llamo a la chata. "¿La casa de tu amigo era cuadra 11 o cuadra 1?", le pregunto. Ella me responde que es en la 11. Estaba en dicha cuadra, cruzo la pista y la encuentro: una chica que a pesar que tenía 21 años medía cerca de metro y medio, usaba ropa de chibola pero su mirada y su actuar no era de alguien inocente. La saludo y entramos. Al dar el primer paso, veo una sala de tamaño promedio, acogedora, con muchos adornos y cajas de whiskies etiqueta negra en el estante. Giré la cabeza y vi a tres muchachos sentados en el mueble. Pensé encontrar mínimo a 8 puntas para iniciar de una vez el focus group, pero no fue así. Los saludé y me senté. Esperamos alrededor de hora y media a que lleguen los demás. Mientras esperaba, los tres muchachos se hacían bromas pesadas con la chata, parecían que todas eran mujeres hablando de sus perradas, de cómo habían terminado el tono pasado, de con quien se agarraron, si tiraron o no. Durante ese tiempo permanecí en mi asiento, palteado, observando de cuando en cuando mi celular y tratando de hacerme el huevón que no escucha nada. “Conchasumadre, todo lo que hago por ese curso de mierda (Investigación de mercados), si no fuera por esa huevada, sacaría la vuelta en one”, pensaba. 

Plan de las 7:30 pm. llegan 6 personas más, todos cabros. Era hora de iniciar dicho focus group. Saco la hoja de mi cuaderno donde estaba apuntado las preguntas para el focus y se la entrego a la chata. Los jóvenes se sentaron frente a frente, en el mueble de la izquierda cuatro personas; y en el de la derecha, cinco. Me situé en un lugar estratégico y empecé a grabar el focus con una cámara digital. Dichos jóvenes se olvidaron de su opción sexual y se pusieron serios, respondieron las preguntas con respuestas alturadas. A mitad del focus, me dijeron que debía invertir los papeles, o sea, ser el moderador. Cultos lectores, deben saber que en un focus group solo hay un moderador, pero bueno, lo hice. Al terminar el focus, respiré hondo y me fui a donde estaba la chata. "Habrás traído el trago, ¿no?, sabes que ellos han venido solo por el trago y los bocaditos", dijo. Era obvio, por más que eran sus amigos no iban a utilizar su tiempo en algo que no le interesara. "Claro", dije. Saqué de mi mochila una botella de vodka y se la entregué. Acto seguido me despedí de todos y me fui. Me gusta tomar, sí, pero no soy de chupar con cualquier persona. Ya cerca al paradero me doy cuenta que mi cuaderno se había quedado en esa casa. "Puta madre, que huevón, ahora que chucha hago, regreso o no... ¡No!, ni cagando, mejor le envío un mensaje de texto diciéndole que me lo lleve el lunes, en clases", pensé mientras esperaba a que llegase la 23B, solo, en medio de la nada, cagándome de frío.

viernes, 10 de mayo de 2013

No es suficiente lamentar

Aquel poste de luz nos alumbraba con timidez. Nos encontrábamos parados frente al Plaza Hogar en Surquillo. Saco mi celular y llamo por enésima vez a Yesenia y al loco. Ninguno de los dos me contestaba. Después de la insistencia se les ocurre apagar sus respectivos celulares. No supimos que hacer. Al ver que se aproximaba un grupo de wachiturros, decidimos abandonar la espera y cruzar la pista con ligero disimulo. 

–No entiendo como hay personas que pagan entrada y no van al evento –dije ofuscado. 
–Ese conchasumadre del loco, siempre la misma huevada –dijo Blind- es un enfermo. 

Apolaya movió la cabeza mirando el piso. Ya estábamos allí, no había vuelta que darle. Nadie de nosotros quería vender las entradas del loco y Yesenia. Nadie. Sin duda, llegamos muy apagados a la mierda esa. En la puerta del centro comercial estaban unas chicas tan espectaculares, que atraían las miradas masculinas como las sirenas, en Sicilia según la mitología griega, hacían con los tripulantes de los barcos. Una de ellas se nos acercó y nos ofreció entradas. Le contesté que ya teníamos y que vendíamos dos. Sonrió y se esfumó. De pronto, un grupo de muchachos salen a raudos pasos vociferando. Algo de lo que pudimos escuchar fue que el tono era una mierda y que se dirigían a Barranco a uno mejor. Las malas vibras llegaban. 

–¿Hasta qué hora nos quedamos? –dije. 
–Hasta la 1:30 o 2 –respondió Apolaya. 

Ceñí las cejas. Tenía la idea de quedarme hasta que salga el sol. Siempre hacia eso. Lo hacía por muchas razones: para no pagar taxi, para no correr peligro de que en el camino del paradero a mí casa me roben –si es que me iba en bus- y para, simplemente, justificar el dinero gastado. 

–Ya normal –añadí– allí vemos. 

Subimos las escaleras. Vimos muchos chibolos chupando, tenían la cara tan roja como los camarones. Muchos de ellos eran menores de edad. Desde que cumplí dieciocho años siempre evité aquellos eventos donde dejaban entrar a menores. Antes de entrar al local vendimos las dos entradas a dos tipos a treintaicinco soles. “Con esa plata pagamos el taxi”, dijo Blind y así fue. 

El local estaba repleto. Luego de caminar con extrema lentitud, como si estuviéramos en una procesión, nos acercamos a la barra. El evento era barra libre así que debíamos aprovechar y embriagarnos hasta morir. Le pedimos al barman que nos sirviera trago. El despreciable sujeto no nos hacía caso, so pretexto de la bulla de la música. No nos movimos de allí y luego de unos minutos el tipo saco una botella de tres litros y vertió el contenido. El líquido era blanquecino. Era vodka o ron. Supuse que era lo segundo, ya que la organización del evento era una reverenda mierda. Lo vació hasta casi rellenar el vaso, le echó un poco de refresco, no le puso hielo, y nos entregó los vasos. 

–Ese tipo es un asesino –dije– ¿han visto cuanto alcohol nos ha servido? 
–Sí, conchasuvida –dijo Blind– seguro para que no le pidamos más. 

El trago era una asquerosidad. Me sentía avergonzado por traerlos a un sitio tan repugnante como ese. Me acuerdo que en mi cumpleaños número veinte, en mi casa, quedamos en ir al Hebraica por el rave de Marco Carola. Sabía que a mis amigos no les gustaba la electrónica, bueno, a excepción de Blind, a los demás no. Debido a eso, pensé en cambiar de planes, días posteriores, e ir al evento innombrable que prometía barra libre, música variada y más a un precio ridículo. Lo barato sale caro, dicen. Tienen razón, con eso aprendí. 

La música era repugnante: harta pachanga. No hubo ni media hora de electrónica pura. Las chicas se botaban peor que agua sucia, bailaban con su grupo de amigos de colegio, universidad, barrio, lo que mierda fuere. Habían muchas chicas simpáticas, eso ni negarlo. Pero no estaba lo suficientemente borracho o empilado -no sé cómo lo llames, lector- para sacar a bailar a alguna fémina. Es cierto no soy ningún bailarín, ya que bailo pésimo, no tengo ritmo y no me gusta bailar. Pero cuando hay un buen ambiente, chicas ricas, amigos, buena música y un poco de alcohol, me convierto en otra persona y muchas veces me vuelvo el alma de la fiesta. ¿Qué? Bueno, tampoco les mentiré. Pero eso sí, bailo y mis pasos mejoran al pasar de los minutos y del trago. Blind en un tímido intento sacó a bailar a una chica casi diez centímetros más alta que él. Ella lo miró con desprecio y miró a sus amigas como diciendo: “Y este huevón, que chucha tiene, aj, o sea”. Una de sus amigas volteó y dijo algo así como que nos alejemos de ellas, una cosa así. “Lo que faltaba”, dije y me fui al baño. Dicho lugar estaba infestado de mierda, de mierda pura, ya era lo último. Regresé con mis amigos. Me seguía doliendo el estómago, obvio no hice nada en el baño ya que no suelo cagar en discotecas, además de que no había agua ni papel ni esperanzas. Blind estaba por el cuarto vaso. Pensé que él era el único que se divertía, por eso decidí quedarnos un rato más a pesar de que Apolaya quería desaparecer al igual que yo. Blind se iba y venía. Buscaba cigarrillos. Le preguntó a una chica que fumaba, entre la multitud, si le podía vender. Ella lo miró y le regaló uno. Compartimos el cigarrillo como si fuera un troncho. “Qué fea mierda, ni más”, dije entre mí. Blind se volvió a ir. Cuando nos dimos cuenta estaba buscando trago. Ahora estaba con unos malandros pitucos. Apolaya y yo le dimos el alcance. 

–Ellos tienen whisky –dijo Blind 

El líder del grupo nos miró y se nos acercó. Hablamos un rato sobre cosas que carecen de sentido y de pronto, nos dijo que debíamos sacar otro whisky para poder unirnos a su grupo. “Está cojudo ese conchasumadre”, pensé. Encima querían que los ayudemos a mecharse contra otros idiotas. Nos fuimos de inmediato de allí. Blind se fue al baño. Demoraba una eternidad. Decidimos darle el alcance. Vimos que unos mocosos lo estaban vacilando. A pesar de que eran chibolos, median alrededor de 1.80. “¿Algún problema?”, dije. Se hicieron los locos. Blind entra al baño y luego de un rato, sale junto al intento de barman que lo invitaba a retirarse del recinto. Aquel hombre cabeza de rodilla era, además, seguridad del local. Estaba decidido a golpearlo. Al ver esto nos llevamos a Blind. En el camino se ponía duro y no quería salir. Hubo una discusión entre Apolaya y Blind. Antes de que pasara algo grave, solté un par de carajos y les dije que nos fuéramos ya. El pelón seguía diciendo que lo lleváramos a su casa o que nos íbamos a ganar un gran problema. El bajar las escaleras fue lo más complicado. Teníamos miedo de que Blind pisara mal y se caiga. 

Por fin salimos de esa mierda. Paramos un taxi. Blind seguía ebrio y avergonzado, Apolaya enojado y yo no sabía qué hacer. Prendí música de mi celular y con algo de electro le di color a aquella madrugada nefasta. Apolaya siguió el camino a su casa, yo me bajé antes y dejé a Blind en la suya. Como no quería irme a mi casa, me quedé en la de Blind a dormir en el mueble, hasta que saliera el sol. Si hubiera sido un mal amigo lo hubiera dejado a la deriva, pero no, era lo mínimo que podía hacer. 

martes, 20 de noviembre de 2012

Creamfields Perú 2012

Abro la puerta de mi casa y veo al loco, salgo, lo saludo y nos dirigimos al paradero. A medio camino saco la cámara de mi pantalón (en una parte recontra caleta) y lo guardo en el bolsillo de mi polera negra. Mientras caminábamos loco me decía un y mil pretextos. Me paré y le dije que si no quería ir no importaba, pero qué chucha iba a hacer con su entrada. Luego de parlotear un rato y al llegar a la casa de Blind, llegamos a la conclusión de que vendiera su entrada. Al ver que no iba a ir con él, le dije a Blind que guarde la cámara en su casa porque no había motivo para llevarla ya que íbamos a ser dos puntas nada más y, además, la web de Loop había recomendado evitar llevar objetos que condicionen el ingreso. Me la bajó. Con Blind nos fuimos hacía la Richi, hacía mi querida alma matter, a esperar el bus del evento. Pensé que no dejarían subir a gente en estado etílico al bus, por eso que no hice previas, pero me llevé la sorpresa que frente al bus la gente se embriagaba sin problemas y control. “Putamadre”, pensé. Subimos. El bus era bien apagado, como decían las malas lenguas, sin música, peor que cementerio. Detrás de nosotros se sentaron un par de gringos, no sé de dónde chucha eran, que hablaban huevadas en inglés. Uno de ellos era bien amanerado y repetía: “Oh, my fucking god”. Más allá, estaban unos wachiturros que pensaban que algún dj iba a tocar un mix del baile del caballo. Sin duda, eran la pose en persona.

El puto bus nos dejó a medio kilómetro del local. Caminamos a oscuras. En el camino un pastrulín me preguntó si tenía grifa. ¿Cara de dealer, qué mierda tenía? Le dije que no y seguí. Llegamos al lugar, antes de entrar, esperamos para vender a alguien la entrada del loco. Le dije a Blind que me ayudara a vender a lo que me dijo que no. Le dije: “si vamos a estar parados como pichulas, mejor entramos de una vez”. No respondió. De pronto, se acercaron a la boletería un grupo de tres chicas bien ricas con un brother. A los segundos se acerca un piraña ofreciéndoles entradas. Ellas no le pararon balón y le obligaron a retirarse. Sin pensarlo me acerqué a ellas, estaba cansado de esperar, y les dije: “Hola, tengo una entrada general, ¿quieren?”. Una de ellas me dijo que sí y me preguntó a cuánto lo estaba vendiendo. Le dije a 120, a pesar de que al loco le costó 139. En la vida iba a venderla al mismo precio o más. No había sentido, frente de nosotros había una boletería donde ellas podían comprar sin correr el riesgo a ser estafadas. La chica vio la entrada y quedamos en que iba a ir hacia la cola con la entrada. Si entraba me pagaba. Chasquié la boca y como no tenía otra opción ya que la gente que venía, todas, tenían su entrada y ya estaba harto de esperar, acepté. Hice cola con el brother que estaba con ellas. El tenía la plata. Lo que me pareció raro que esas chicas eran de la “alta sociedad”, bellas como las estrellas de una noche memorable, mientras que el pata era de rasgos étnicos que al hablar lo asentaba más. Eran totalmente diferentes. “¿Cómo chucha ese huevón sale con esas conchasumadres”, pensé. Había un millón de opciones: o eran amigos de universidad porque no era enamorado de ninguna de ellas o tenía harta plata o por último, era cabro.

–¿Por qué compraste dos entradas? –me dijo extrañado.
–Nada, esa entrada es de un brother que a última hora se desanimó y me dijo que la vendiera –le respondí– medio huevón es ese conchasumadre.
–¿Es tu primer Creamfields? –añadió.
–He ido a eventos de Loop como Superclub y Loop Arena pero es la primera vez que voy al Creamfields.
–Aya –respondió.

Entramos. Me pagó. Una vez con la plata en mi bolsillo nos fuimos hacía el Main Stage donde estaba tocando el che Hernan Cattaneo. En el trayecto compramos un par de latas de Miller y posteriormente una cajetilla de Lucky Strike convertible a un cojudo de seguridad. El pendejo me quería vender a veinte soles la cochina cajetilla. Al final quedamos en diez soles, ya que todas las cosas en los raves se triplican y cuadriplican el precio: las latas de Miller estaban doce soles, la botella de agua personal estaban ocho soles. Debo confesar que no soy un fan del tech house pero un rave sin techno, minimal, deep y tech-house no es rave. Tocó muy sobrio, no deslumbró ni aburrió. Su set fue medio progressive house y medio tech-house.

A eso de las 2;15 am., como decía el set time, subieron al escenario, dos rubias, altas y con una gran sonrisa. Eran las gemelas Nervo. Con su electro house y estilo medio pop sorprendieron a los asistentes. La primera hora estuvieron estupendas. Comenzaron su performance con The way we see the world, luego tocaron we are all no one, you’re gonna love again, Reason, Something to believe in, Irresistible, Here we go (Hard Rock Sofa & Swanky Tunes), Reload (Sebastian Ingrosso & Tommy Trash) y remixes de Nicky Romero como Toulouse, entre otras. La segunda hora estuvo medio aburrida, con el mismo estilo. A mi humilde opinión, darles dos horas en el Main Stage de un Creamfields es demasiado, una hora hubiera sido genial. La gente estaba esperando con ansias el performance de Armin, el dios del Trance, el 5 veces número uno según el TOP MAG. Mientras tanto, nos dirigimos al medio del Main frente a la caseta de Barena, a sentarnos en el puto grass. Cerraron su presentación con unas palabras “It’s been amazing to play in Peru… love ‘u guys”. Déjenme confesarles que me encantó su inglés australiano, demasiado elegante.



El reloj marcaba las 4:15 am, era el turno de Armin. La gente se emocionaba más cada segundo que pasaba. El Main Stage se llenó en un santiamén. Todos querían escucharlo y estar en el paraíso. Su set comenzó con “We are here to make some noise”, sí, el video donde sale haciendo algunos malabares con el balón. Su set fue grandioso. Tocó, de las que me puedo acordar: Emma Hewitt feat Dash Berlin - Waiting, Faruk Sabanci - Elveda, Zedd feat. Matthew Koma - Spectrum (AvB Remix), Beat Service - Fortuna, AvB feat. Jennifer Rene - Fine Without You, Laura Jansen - Use somebody (AvB rework), AvB VS Sophie Ellis - Not giving up on love, AvB feat Ana Criado - I'll listen, Omnia & IRA - The fusion, Gareth Emery feat. Christina Novelli - Concrete Angel, Zedd - Spectrum (AvB Remix), AvB feat. Sharon den Adel - In and out of love. Spectrum fue lo mejor de la noche. En los visuales uno podía ver la letra y cantarla a todo pulmón, los lasers increíbles y los juegos artificiales hacían que la noche sea holandesa, sea trance, sea de Armin. Hubiera sido inolvidable si se tocaba una de Above and Beyond como Sun and Moon o Thing called love, pero bueno, no todo se tiene en esta vida, ¿no? Al terminar su presentación, bajó y como pocas celebridades, humilde, se acercó a los fans que estaban cerca a las barandas y firmó algunos discos, polos y algunos senos. Armin, vuelve pronto, el Perú necesita a gritos un “State of Trance”.




PD1. A muchas personas dentro del local le robaron sus pertenencias como celulares, cámaras, bolsos, entre otras cosas. LOOP, deja de vender tan caro las cosas en tus eventos y preocúpate en invertir en una buena seguridad. 
PD2. El bus del evento (Creambus) debe dejar y recoger a las personas en la puerta del local, no a medio kilómetro. Gracias a eso dieron cabida a accidentes y robos. 
PD3. Inviertan en un line-up más equilibrado, más variado. Mucha gente tuvo que vender sus entradas al ver que el line-up no satsifacía sus expectativas. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

De compras

Era uno de los días más gélidos del año. Esperaba que pase alguna combi medio vacía con gran impaciencia. Luego de un rato paro una. Era destartalada y sucia. La cobradora abre la puerta mientras decía: “Metro, Puente nuevo, Plaza Italia…”. Subo y observo todos los asientos, dos estaban vacíos. Una misteriosa chica me observaba con gran detenimiento, la miro y sin reconocerla le digo que me dé permiso para sentarme en el otro asiento. “Hola Chris”, me dijo al mover sus piernas para que pueda dirigirme al asiento. Le respondí el saludo sin mostrar asombro alguno mencionando su nombre fríamente y dándole un beso en la mejilla. Conversamos un poco, me dijo que estaba en el tercer ciclo en la Científica, también me pregunto si la tenía en facebook, a lo que le respondí que no; intercambiamos algunas palabras hasta bajar. Ambos, dadas las coincidencias de la vida, bajamos en el mismo paradero.

Queridos lectores, déjenme confesarle que aquella chica, Jaqui, estuvo perdidamente enamorada de mí en las épocas de secundaria. Ella estaba en cuarto y yo en quinto de secundaria. Junto a su amiga Lorena me seguía a todos lados, pero yo no le paraba balón. Si me dijeran que ella mantiene aquel sentimiento hasta ahora, creo que estaría con ella, ya que no es para nada fea, al contrario, además, que estudie en la Científica le da un plus, la hace más interesante. Pero, bueno, ustedes se preguntaran por qué no estuve con ella, la respuesta es muy simple: en ese tiempo yo estaba perdidamente enamorado de otra persona, solo tenía ojos, mente y alma para la linda Mim. Ella era menor que yo, cursaba el tercero de secundaria, pero eso nunca me importó. Nunca podré olvidar los momentos tan perfectos con los que pasé con Mim, fue mi confidente, siempre estaba ahí con su inmensa sonrisa… Señores y señoras del jurado, discúlpenme por desviarme del tema, pero la añoranza fue más, seguiré con este intento de cuento de una vez, antes de que brote alguna fina gota por mi rostro.

Miro a mi alrededor, el tráfico era un caos, la gente como hormiga cruzaba torpemente la pista. Entro a Metro. Saco mi celular de la mochila. Veo una llamada perdida de Zeila. Me extrañé porque ella había llegado primero que yo. El cielo seguía gris. La llamo. Me dijo que estaba adentro del cine, en el primer piso. Una vez que la encontré nos fuimos al paradero. En el bus conversábamos acerca de nosotros, acerca de cosas importantes y también de cosas triviales… infinidad de cosas. No salíamos desde diciembre del año pasado. Como siempre nos pasamos de paradero. Caminamos rápidamente y con sumo cuidado. La zona era peligrosa pero aun no era de noche. Llegamos a Jr. Trujillo y respiramos con tranquilidad mientras Zeila me contaba que a un sujeto de su universidad le hacían bullying. Entre risas y carcajadas llegamos a Saga.

Mi presupuesto era de doscientos soles, era lo único que había llevado, no quería gastar tanto en ropa. A raudos pasos nos dirigimos a la sección hombres y vimos poleras de doscientos cincuenta hasta trescientos soles. “¡Puta madre!”, pensé. Luego de buscar por todos los rincones encontré una polera negra de ciento treinta soles. “Esa puede ser”, le dije a Zeila. Ella me respondió que me la probara. En el vestidor, mirándome al espejo, vi que me quedaba perfecto. Salí y dije: “ésta es”. Al momento de pagar descubrí que la polera estaba ciento veinte soles, sonreí. Salimos y caminamos y caminamos por el Centro hasta que Zeila me hizo detener para entrar a Oeschle. En dicho lugar había buena ropa, casi de la calidad de Saga pero mucho más barato. “¿Cuánto tienes?”, me dijo Zeila. Le respondí que me sobraba ochenta soles. “Entonces cómprate algo más”, insistió. Pensé rápidamente, no había ido hasta allá solo por una polera así que acepté comprar algo más. Busqué y busqué y decidí comprarme una chompa a rayas. Al caminar, Zeila se percata del precio y me dice que está ochenta soles y no sesenta como pensamos. Me sentí en una encrucijada. “¿No te alcanza?”, me dijo Zeila. Le respondí que sí, que me alcanzaba a la justa y que me quedaría sin pasaje. Ella me dijo que me prestaría para el pasaje y que compre la maldita chompa. Hago la cola para pagar, una vez que es mi turno le entrego la chompa a la chica y ella me pide mi número de DNI, extrañado se lo di. “Son cuarenta soles”, me dijo. Nos miramos las caras Zeila y yo. Zeila le preguntó si en verdad ése era su precio, a lo que la chica respondió que sí. “Me engañaste”, le dije a Zeila con una sonrisa. Y nos fuimos. Creo que antes de ir a Saga, hubiera ido a las otras tiendas y así hubiera gastado mucho menos, pero que chucha, lo hecho, hecho está. Además creo que aquella polera vale el precio.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Promesa bajo las estrellas

Estudiaba en un colegio particular, aunque parecía militar debido al gran énfasis que le daban a los desfiles escolares. Todos los días, a las tres de la tarde, empezaban los ensayos. “Buenas tardes”, indicaba el instructor. Uniformemente, devolvíamos el saludo de una manera seca y tajante. Después, cada alumno se ubicaba donde correspondía. Rápidamente cogía la pancarta y me ubicaba delante de la escolta. Pertenecer a la escolta era lo mejor que podía anhelar un alumno: ser popular, tener a todas las chicas que se pueda y sobre todo, faltar a clases cuando habían desfiles. Si los ensayos salían mal, el instructor se desquitaba con el batallón

–¡Escritor! –con una voz enérgica me llamó el instructor.

Era un amante a la literatura. Recitaba poemas de autores clásicos, románticos y los llamados poetas malditos. Leía novelas. En mis más locos y remotos sueños me veía como un escritor mundialmente conocido, un best seller. Tenía un blog muy leído. Escribía historias de sexo, drogas, alcohol y unas cuantas románticas. Era un éxito. Todos en el colegio leían lo que escribía. 

–¡Sí, instructor! –respondí.
–Quiero que te encargues de estos inútiles –aseveró, retirándose del lugar. 

Casi siempre me dejaban al mando del batallón. Ver sufrir a los demás era lo más divertido. Les mandaba hacer ejercicios físicos extremadamente pesados. Los pobres chiquillos, sudando sangre, obedecían mis indicaciones. Un día sucedió lo inesperado. 

–No sé a quién le habrás ganado –dijo un muchacho osado, tenía un erizo en la cabeza y un corte en la cara–, pero tú no me vas a dar órdenes.
–¡Ah!, machito te crees –empujándolo con mucha fuerza–. Si no me obedeces es como si no obedecieras al instructor ¡Lárgate! ¿Qué diablos haces aquí, entonces?

Con los ojos enrojecidos, apretando los dientes, me lanzó un puñete. Le devolví el golpe. La pelea fue interrumpida por mis compañeros. El instructor nos observó y se acercó enfurecido. Le dijo al muchacho que ya no regrese a los ensayos. Mientras tanto, los miraba, quitándome con la mano un poco de sangre que brotaba de mis labios.

–¡Y tú! –parecía que iba a estallar –sigue así escritor. Eso es lo que busco, gente con huevos.

Un gran estrado, bancas rodeando toda la pista y la calle polícroma caracterizaban el día festivo que era, el aniversario del colegio. Estábamos parados frente al estrado, luciendo nuestro uniforme de gala, orgullosos. Una chica subió al estrado a recibir el premio de campeona en matemáticas. Era Cami. Una muchacha responsable, la número uno en conocimientos; pero a la vez, la más fastidiada, las chicas populares se burlaban de sus lentes enormes, sus dientes con fierro pegado y su falta de confianza. 

****

El tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos. A un mes de la fiesta de promoción, el profesor tutor hizo una reunión con los alumnos para acordar los pormenores de dicho evento. Todos tenían pareja, a excepción de Cami. Yo iba a ir acompañado de Brissa, una chica diferente a mí: no tenía nada en el cerebro.

–Cami –dijo Brissa–, ¿con quién vas a ir?
–No sé –bajando la cabeza–. No tengo con quien ir.
–Anda con tu papi –se oyó, seguido de carcajadas– que triste que nadie quiera acompañarte.

Todos se rieron y siguieron burlándose. Cami se sacó los lentes, una fina lágrima brotó por su rostro. Avergonzada, salió del salón. La broma había llegado demasiado lejos.

–¡Todos ustedes son unos idiotas! –grité con gran furia– Incluido usted, profesor, no hace ni mierda, ve que joden a Cami y usted no hace nada.

El profesor, perplejo, observaba la escena desde el ángulo más oscuro. 

–Y tú Brissa –mirándola con odio– búscate a otro imbécil que te acompañe.

Corrí detrás de Cami. Bajé las escaleras. La encontré en medio del patio.

–¡Cami! –acercándome a ella– Espera un momento.

Ella se detuvo y miró hacia atrás.

–No llores –le dije, secándole las lágrimas con mis dedos– esos imbéciles no merecen ninguna lágrima tuya.

La abracé tan suave, mis manos recorrieron su cintura. Ella correspondió el abrazo. Acerqué mis labios por su oído y susurré: “¿Quieres ser mi pareja de promoción?”. Ella dejó de abrazarme y se separó a una distancia considerable. “¿Lo dices en serio?”, me preguntó. Nunca podré olvidar esos ojos brillosos, tan hermosos, con los que me miró. Asentí con la cabeza y volvimos a abrazarnos, pero esta vez, parecía que flotaba en el espacio.

La fiesta se realizó en un local de Lince. Los alumnos llegaban acompañados de sus padres y respectivas parejas. Brissa llegó acompañada de su madre –su padre nunca la reconoció– y también de aquel muchacho que tres meses antes me había golpeado en un ensayo. Los miré con desprecio y sonreí al ver a Cami, más hermosa y bella que nunca. Cambió sus lentes de vidrio por unos de contacto, por primera vez, se había preocupado por su aspecto físico. Vino vestida de un elegante vestido y unos zapatos importados.

Un sonido estridente retumbó en el ambiente: era la orquesta de salsa del momento. La música a todo volumen ocasionaba delirio en los jóvenes. Cada baile con Cami era como estar en las nubes. ¡Como sonreía!, luciendo esas perlas que tenía como dientes. Mientras los demás se embriagaban con whisky, excitado por el momento, salí del lugar con Cami y nos sentamos mirando las estrellas, sintiendo el aire gélido de las noches de diciembre. Saqué un cigarrillo y me lo puse en la boca, aspiraba profundamente, luego exhalaba, calmado, liberando mucho humo.

Le pregunté qué iba a estudiar. Me contestó con seguridad infranqueable: “Administración”. Realmente no la veía como administradora; no basta con ser inteligente si no también ser líder y eso le faltaba. Le pregunté porque no pensó en ingeniería. “Me gusta las matemáticas pero odio física y química, así que nada de ingeniería”, respondió con ternura. Reímos. Me miró penetrando en mi interior y me preguntó que iba a estudiar. En verdad no lo sabía. Soñaba con tener una banda de rock, tocar y vivir sin preocupación. “Deberías ser escritor, escribes magnífico, por algo te lo dicen”, enfatizó. Le respondí que eso no daba plata y estudiaría derecho, a pesar de que esa carrera esté saturada, también le dije, mirando al cielo, que sería el abogado más corrupto del país. Volvimos a reír. Un silencio sepulcral se apoderó del lugar, hasta que escuchamos algo caer, con gran violencia, al suelo. Nos fijamos rápidamente y vimos al muchacho cabeza de erizo desprender un líquido espeso, nauseabundo, de la boca. Era lo más asqueroso que había visto, sentía vergüenza ajena por aquel infeliz.

–Por fin terminamos el colegio –prosiguió Cami luego de unos minutos.
–La vida recién comienza –mientras apagaba el cigarrillo con el zapato derecho–. Prométeme que pase lo que pase nunca dejaremos de ser amigos.

Era inevitable que cada uno tome su propio camino, me resignaba a aceptarlo. Sabía que estaba enamorado de ella, pero no podía intentarlo por miedo de perderla algún día. Los finales tristes siempre llegan y son muy fuertes. Ella me miró dulcemente con esos ojos almendrados y me tomó de la mano. “Cuando sea, donde sea, con quien sea, si me necesitas ahí estaré”, dijo repitiendo una frase de Hollywood. “No sabes cuan feliz me siento al tener a alguien tan valioso como tú a mi lado, sin ti no hubiera resistido todo lo que pasé”, añadió. Lágrimas brotaron por mi rostro, en ese momento no había lugar para palabras, no había nada que decir.

domingo, 8 de julio de 2012

Kimberly y lo más oscuro

La iglesia estaba en su esplendor, era el día, cientos de devotos del Señor de los Milagros a mi alrededor. El ambiente se mantenía cargado de olores divinos. Los santos, parecían mirarme, petrificados. Escuchaba el sermón del padre, prestaba la atención debida, no, mentiría, todo era perfecto hasta que mi mirada se fijó en la hermosa cabellera lacia y de color castaña de una misteriosa chica que estaba delante de mí. Disimulado, mi mirada cayó y recorrió el majestuoso cuerpo de aquella mujer. Vestía como para una fiesta, su ropa era ceñida al cuerpo, se podía apreciar su colosal trasero. Estoy seguro que no era el único que se distrajo por aquella sirena. A los minutos, volteó, cruzamos miradas. Sus ojos eran de un celeste profundo como el mar de Cuba. Me di cuenta que no había venido sola al verla conversar, luego, con un muchacho vestido elegantemente con un saco y pantalón negro. Señoras, señores, niños empujaban para poder entrar unos centímetros más. Poco tiempo faltaba ya para que se acabe la misa, cuando la misteriosa pareja se aleja. Lectores míos, lo que siguió en la misa carece de importancia.

Había llegado tarde a mis clases de Microeconomía II, no tenía otra opción que ir a la biblioteca y leer “Lolita”. Al decir: “no tenía otra opción”, es porque mis amigos estaban en clases y no tenía con quien vagar. Leer una obra tan increíble como esa no es ningún martirio, al contrario, es una delicia. Siento que alguien se sienta al costado mío, no le doy importancia, sigo leyendo. “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía”, se escuchó decir. El viento resoplaba en mis oídos con cada palabra de aquella voz femenina. Fijo mi mirada lentamente, el corazón se me salía del pecho, no lo podía creer, ¿acaso tan jodidamente pequeño es el mundo o era una de esas coincidencias del destino? Bajo la mirada y la subo, de nuevo, mis ojos eran cegados por aquella perfecta sonrisa.

–Notable obra –dijo.
–Sí, notable, es una de mis preferidas –respondí, luego de unos segundos de sobreponerme del impacto.
–Soy Kimberly –se presentó- me pareces conocido, ya sé, estuviste el domingo pasado en la iglesia “Santo Domingo”.

No sabía que decir. Me hice el desentendido.

–Sí –contesté desconcertado– ¿También fuiste a la iglesia?
–Claro.

Era obvio, alguien así no se puede olvidar. Seguimos conversando, pero esta vez, acerca de nosotros, de nuestros gustos literarios, musicales, y tantas cosas… Me dijo que estudiaba Arquitectura y que la acompañe al salón portátil que ubicado frente a su facultad, cabe mencionar que mi facultad está contigua a la suya así que el camino no era, para nada, largo. El día se iba y consigo se llevaba el cálido sol. El viento hacía de las suyas. Luces ficticias alumbraban.

Entramos al salón. Ella saca un papel y una bolsa de Doritos, dentro había tabaco en exceso. En un dos por tres lo armó, prendió un porrito. Me lo entrega. La miro extrañado. Fumar tabaco es otra cosa, es una manera sana de fumar algo mejor que las basuras de cigarrillos comerciales y no fumar marihuana. Acepto. De pronto, delante de nosotros una pareja de enamorados se funde en un pasional beso.

–¿Tienes enamorada?
–No –dije encogiéndome de hombros– ¿para qué?
–Tienes razón, el amor no existe, bueno, sí, pero es algo difícil de explicar –clavó sus ojos en los míos– ¿Cuál es tu chica ideal?
–Que sea más o menos alta, claro, pero no más alta que yo, delgada, buen cuerpo, cara de princesa. Eso es en lo físico. Sería interesante una chica que reúna al menos unos cuantos de esos requisitos y que estudie letras, que le encante leer y escribir, que le guste salir a divertirse, ir a fiestas, conciertos, tal vez que no comporta mis gustos musicales, no importa. Que sea bonita pero a la vez inteligente, o sea no nerd, sino que tenga criterio para expresarse.

–Difícil de encontrar ah.

Reímos.

–No me mientas, veo que eres demasiado superficial.
–¿Por qué dices eso?
–Lo sé, comenzaste tu descripción con lo físico y terminaste con lo físico. Apuesto que si yo hubiera sido fea, no me hubieras acompañado hasta aquí y no estuviéramos hablando.
–No digas eso, por favor.
–En fin –suspiró– ¿y cuál es tu pecado favorito?
–¿Qué dijiste?
–Ósea, cual es el pecado que cometes más a menudo.
–Quizá sea un poco egoísta, siempre me importo yo y al carajo lo demás, bueno, a excepción de las personas que apreció, pero igual. También soy un poco vanidoso.

La misteriosa chica se sobó la quijada.

–Ya veo, ¿y Crees en Dios?
–Por supuesto, o sea no soy fanático, pero sí, sí creo en él.
–¿Y por qué?
–Porque simplemente yo no sería lo que soy sin su ayuda, ósea no todo lo he conseguido por mí mismo.
–¿Le rezas todos los días?
–No, al decir verdad, le rezo cuando necesito de su ayuda, o estoy muy agradecido.
–¿Y si te diría que yo te puedo dar todo lo que quieres?

Ceñí mis cejas, me quedé callado, presentía algo negativo.

–¿Qué quieres ser, el hombre más rico, el escritor más condecorado, una persona que sea respetada y recordada a través del tiempo?, dime.
–Eso es secundario. Lo que en verdad quisiera es encontrarme conmigo mismo. Tener una razón para vivir, encontrar la felicidad.

Y era verdad, hacía mucho que no le encontraba ese sabor placentero de vivir, había caído en una monotonía jamás imaginada, me sentía solo. Los problemas existenciales no me dejaban tranquilo.

–Veo que pierdo mi tiempo contigo, cuídate, cuando recapacites, menciona mi nombre al revés, recuerda que siempre te tendré un rinconcito en el infierno, cuando quieras.

Sentía un aire gélido, mis extremidades permanecían inmutables. Finalmente, desapareció, tal como había llegado a mi vida.


jueves, 2 de febrero de 2012

Nunca te enamores de una chica punk

Me encontraba perdido en las marginales calles de Los Olivos, preguntando a lo que se moviera donde se localiza la discoteca Honey. Es probable que la gente pensara, en aquel momento, que era un vagabundo por preguntar sobre tal perroteca (Y se les llama así por los bailes vulgares y obscenos, aduciendo movimientos de perros en pleno acto sexual, que se hacen en dicho establecimiento), pero no, no iba a perrear ni nada por el estilo, sino todo lo contrario, iba a un concierto punk. Usando un poco de astucia y sentido común, empecé a seguir a los locos vestidos de negro. Caminando me topé con mi prima. Estaba con sus amigos, unos sujetos que se hacían llamar la “Naranja Mecánica”, en honor a la magistral novela literaria del mismo nombre. Era una komuna que, a diferencia de otras, no era ningún club de fans o seguidores de alguna banda, sino sólo un grupo de compañeros de la noche. Se reunían en el Free, cuadra 8 de la Av. Arequipa, para emborracharse con tragos baratos (los más conocidos eran la oferta –trago de color oscuro como el ébano y de sabor semejante al vino– y la perita –de sabor parecido al refresco de durazno combinado con alcohol en demasía) y hablar sobre cualquier tema. Eran cinco o seis años mayores que yo. Los conocía desde hacía unos meses. Ariana (su verdadero nombre era Mayra) era la administradora de la komuna. Era la más hermosa del grupo, su belleza estrambótica llamaba la atención de cualquiera, usaba el cabello negro lacio, aunque después se lo pintó de rojo y cambió el lacio por el cabello ondulado. Arizza era su mejor amiga, mujer con gran masa muscular y de aspecto emo, para ser sincero, fue una de las primeras emo del país; solía cortarse los brazos con gillette como auto flagelo. Damián era un metal de cabello rizado, callado, amante de la oscuridad y ateo. Denis era un ex regueeatonero que debido al alcohol y a las chicas bonitas decidió volverse roquero. Mi prima, Mishel, una chica muy hábil y con grandes habilidades interpersonales era la que le daba el sabor al grupo.

Me impacientaba lentamente porque quería entrar de una vez y no esperar más. Tenía catorce años y, por ende, no tomaba. A los minutos llega Arizza con una chica que nunca había visto antes. Se trataba de su hermana, tenía más o menos mi edad. Mentiría si diría que me enamoré a primera vista, posteriormente empecé a verla más atractiva. Su nombre era Karol. Desde esa vez le dijeron Pepa por ser la menor de todos. Ella, a diferencia de mí, bebía y fumaba. Terminan de tomar y se separa el grupo: los que iban a entrar y los que no; Karol se encontraba en el grupo de los que no iban a entrar. No me importó mucho y entramos, la pasamos de mil maravillas, los conciertos en aquellos tiempos eran otra cosa. 

Subía las escaleras del colegio, junto a mi gran amigo Yogui, hasta que algo jamás imaginado sucedió: mientras subía, Karol bajaba.

–¡Pepa! –dije apenas pude reponerme del asombro.
–Hola –respondió, luego de darme un beso en la mejilla.

Pasaron los días, como las cosas que carecen de sentido, y nos juntamos algunos de la komuna en un parque. Me dijeron que la esperara en Metro, la esperé, la saludé y no volví a articular palabra alguna (debo confesarles que en ese tiempo era un tremendo idiota en esos asuntos). Caminamos rumbo a dicho parque, ¿cómo olvidar esa vez?, era de noche y llovía demasiado, ella fumaba y parecía que era consuetudinario. Esa forma de ser y esa belleza diferente se entremezclaban y hacían que cada vez me guste más. Llegamos y luego de un rato, Arizza dijo: “Karol me contó que no le hablaste en todo el camino, cree que le tienes miedo”. Traté de excusarme pero fue en vano. 

Nunca podré olvidar, y estoy seguro que muchos peruanos, el tremendo movimiento sísmico que ocurrió el 15 de agosto del 2007. Tenía quince años. Fuera lo que sea, me sirvió para cambiar y vivir cada día como si fuera el último. El siguiente lunes me armé de valor y fui a buscarla a su salón, en el recreo. Estaba parada en su puerta saboreando un chupetín. Dialogamos diez minutos. La misma escena se repetía casi todos los días. 

Empecé a ir al Free, solo por verla, pero no tenía éxito porque ella rara vez iba. Por ella empecé a tomar mis primeros tragos, cosa que no me arrepiento, aunque, algún día mi hígado se pudra como el sistema socioeconómico. Recuerdo que me desprendí de un disco el cual era nuevo y uno de mis preferidos, todo por regalárselo por el día de su cumpleaños. Mis compañeros de colegio pensaban que era mi enamorada y típico de chibolos retardados de esa edad, jodían. Un día noté que hablaban a mis espaldas.

–¿Qué pasa? –dije.
–Lo que pasa es que… –respondió Diego mirando, nervioso, a todos lados.

No entendía lo que sucedía. Diego saca de su bolsillo un celular y me muestra una foto en la que un infeliz abrazaba, por la cintura, a la reina de mis pensamientos. Me hice el desentendido argumentando que debía ser su amigo, luego de reír nerviosamente.

A los días me aparecí frente a su salón, con una amiga, supuestamente para darle celos. Ella nos mira y, a propósito, intercambia saliva con el mismo infeliz de la foto. Me sentí humillado, pisoteado, el máximo idiota. Le pedí a mi amiga irnos en el acto. Mientras caminábamos, pensaba en cómo me pudo haber gustado esa perra, en lo equivocado que estaba. Otro día, en la salida, la veo besándose con otro sujeto. Me sentí asqueado por la escena. Giro la cabeza y veo a Yogui, con una sonrisa natural, como queriendo interpretar: “Me importa una mierda” y seguimos caminando rumbo a nuestras casas, como si nada hubiera pasado, como si aquello que sentía por esa chica punk rocker nunca existió.

lunes, 2 de enero de 2012

Fast Food y explotación

Primer post del año, de temática muy personal. Creo que es necesario compartir con ustedes, mis queridos lectores, aquella nada maravillosa experiencia que tuve el último día del 2011, en un sitio burgués. En este post mezclare todos los sentimientos y pensamientos que tuve y discúlpenme por ser demasiado sincero o desubicado o, simplemente, un perdedor.

“Ojalá que no la cague”, dije al salir de casa mirando un tétrico escenario. Como casi siempre, Bobby me acompañó hasta doblar el paradero. El tiempo atmosférico no fue nada reprochable: hubo un tímido sol que apenas imponía presencia.

En el trayecto del bus imaginaba mis planes para el verano, imaginaba ganar algo de dinero para poderlo gastar en cosas vanas como conciertos, fiestas o noches de alcohol. Ni en el más remoto de mis pensamientos imaginaría pasar por tanta explotación.

Luego de algún tiempo incontrolado aparezco por el Centro Comercial de Chacarillas. Mujeres de cuerpo colosal desfilaban a mi alrededor junto a sus esposos, hijos o algún acompañante de paso. Era mi primer día de trabajo y cabe la casualidad que llegué diez minutos temprano. En la puerta del trabajo encontré sentada a una de las chicas del área de atención al cliente. La saludé con un hola y comenzamos a entablar una nada amena conversación. “Voy a trabajar hasta mañana para cumplir una semana y a los días cobraré. Pensaba ganar más propina en este lugar”, me dijo. Ya empezaba a sentir un mal clima organizacional. Al ver que aún no llegaba el administrador fuimos al Plaza Vea a buscar algo de comer, no encontramos nada. “¿En este lugar te dan uniforme?”, “No, en este lugar no te dan nada, ni comida, alucina que tienes que traer tu comida, por Dios, es un restaurant y no dan comida”. Salimos de aquel supermercado y regresamos al trabajo, esta vez encontramos al administrador que recién había llegado. Era un tipo de contextura semi-obesa, con una gran sonrisa y un peinado estúpido. Siempre se la pasaba hablando por nextel. Al rato entró un compañero. Entramos a la cocina, a nuestra área de trabajo. No sabía qué hacer. El “compañero” subió a cambiarse. La chica que hacía unos minutos hablaba conmigo me dijo que la ayudara a bajar las sillas de la mesa y a barrer, la miré extrañado. “Hazlo tu pe conchatumadre, ay carajo, lo tendré que hacer nomás pues, que chucha, todo sea por el dinero, aunque ayudarla no me corresponde, pero bueno, no tengo nada que hacer, no quiero que me vean haciendo nada”, pensé. Veo que el “compañero” regresa a la cocina y vuelvo al lugar, le digo en que le ayudo y me dice que barra. Un misterioso tipo de gran masa muscular y con un aparato súper sofisticado me saluda y se presenta. Su nombre era Kevin y era el más antiguo del trabajo, mucho más antiguo que el imbécil del administrador, es por eso que le hablaba de tú a tú. Sin duda, fue muy amable, me enseñó de todo, desde cortar un tomate, rayar el queso hasta preparar los diferentes tipos de pizza. 

–¿Qué música escuchas? –me preguntó
–Rock y un poco electrónica, ¿tú?
–De todo: salsa, punk, metal, electrónica, un poco de reggaetón pero no mucho, ¿has escuchado Daft Punk?
–Sí –De pronto recordé cuando tenía ocho años y pasaban videos de Duft Punk en aquel MTV diferente al de ahora– ¿y escuchas punk peruano, qué bandas?
–6 voltios, Chabelos, épocas de colegio pues
–Claro, ¿ibas a conciertos los de Cailloma, Los Olivos, Barranco?
–Sólo a los de Barranco, como se me hacía más cerca a mi casa, llegaba hecho mierda al colegio

Me reí dentro de mí, que tal posero resultó. 

Cada minuto pasaba y sentía cansancio. En las seis horas que me tocaba trabajar, no tuve ni un puto minuto de descanso. Si no había pedidos tenía que limpiar los instrumentos de cocina y la cocina en sí. Cuando estaba a medio limpiar venían más pedidos. Me corté la mano derecha al rayar quesos, no fui el único, dos huevones más también se cortaron. Era inhumano que no me dieran comida, las fuerzas al transcurrir el tiempo se me iban. Aparte tenía que irme a otra sede de la empresa si es que el administrador me lo ordenara. No trabajaba seis horas sino ocho y me pagan igual: no respetaban mi horario part time. Tenía que entrar a una refrigeradora gigante a meter y sacar ingredientes, sin duda, el cambio de temperatura me terminaría, algún día, matando. No tenía mayor deseo que sea las cuatro y poder largarme de ese inmundo lugar, estaba seguro que no regresaba más. “Conchasumadre, esta huevada no me conviene, me gasto un culo en pasaje, hago algo que odio, esto no es para mí, estaba perfecto cuando trabajaba en La Molina como practicante contable frente a un monitor, sentado todo el tiempo, relajado, escuchando la música que yo quería, tal vez ganaba un poquito menos, pero hacia algo relacionado a mi carrera, ganaba experiencia, era La Chamba, conchasumadre, fea mierda, a esta huevada no regreso más. Peor para la miseria que me pagarán, ni huevón”, sentencié. Me despedí de Kevin (la conversación que hubo en ese instante no vale la pena escribirlo) y me largué de aquel inmundo lugar, humillado, cansado, con hambre, con sueño y me dirigí al paradero.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Un cuento lineal por Navidad

Se acercaba la navidad y junto a ella, el ambiente cambiaba, como suele pasar en esas fechas. Adornos navideños por todos lados, luces chillonas, árboles falsos, nacimientos de todo material. 

Era el 24 de diciembre de un año que no tiene relevancia decir cuál era. Lo único importante es indicar que era vísperas de la navidad. La familia López se alocaba en esas fechas: el papá despilfarraba el dinero en adornos, regalos y demás cosas materiales; la mamá cocinaba el pavo, la única vez en el año en la cual se dignaba a cocinar y no mandar a la “chica” a hacerlo; los niños esperaban la medianoche con sus mejores ropas, esperaban regalos vanos como esos juegos modernos de los cuales desconozco los nombres. Las mascotas, escondidas debajo del árbol, asustados por los cohetes. Todo era, aparentemente, felicidad. 

Mientras tanto, Julián, un niño de ocho años, huérfano, caminaba por las calles de Miraflores, sucio, con su ropa de siempre, con su rostro sumergido en la más honda tristeza, con las esperanzas muertas, caminaba sin dirección, no sabía adónde ir, no tenía con quien pasarla. Su bolsa de caramelos estaba, por fin, vacía; vacía como su corazón, carente de sentimientos, carente de afectos, carente de un abrazo, carente de, quizá, un “te quiero”. Julián lloraba desconsoladamente, lloraba porque si, lloraba porque se sentía solo, lloraba porque odiaba ese día como ninguno, esas fechas le hacía recordar qué tan infeliz era. 

En un universo paralelo, Max, un joven de veinte años, apuesto y atlético, caminaba a raudos pasos. Había salido de su trabajo. Eran las once y cuarenta y cinco. Max trabajaba como practicante de selección de personal en una famosísima cadena de comida rápida. Vestía un elegante terno del color de sus intenciones, una corbata dorada que combinaba con su camisa y calzaba un par de zapatos que brillaban como el sol. 

Max se da cuenta de que en un rincón se encontraba un niño afligido, al escuchar sus llantos, se acerca a él. Ese niño era Julián. El infeliz niño se niega a hablar con él, hasta que, sin fuerzas, se da por vencido y decide contarle sus penas. Max lo tenía todo, todo lo que quería un joven de veinte años, entonces se preguntó qué tan injusta era la vida, por qué era magnifica para algunos, como él, y una total perra, para otros como aquel niño. 

–Julián, esta noche te vas a cenar conmigo, mi mamá ha hecho un rico pavo. 

El infeliz niño lo mira fijamente, no sabía que decir, no se imaginaba que aún quedaban personas nobles. Asintió con la cabeza y siguió al elegante joven. Ambos llegan a la casa de Max a las doce y media. El papá abre la puerta, abraza a su hijo y mira de pies a cabeza al infeliz niño. Max le indica a su familia que no hagan preguntas y que ese día era un día de compartir, que el sucio niño era su amigo, y por ende, tenía el mismo derecho de compartir la mesa. Julián pasa una navidad única, inesperada, rodeado de personas, comiendo una rica cena, cantando villancicos, recibiendo regalos, recibiendo afecto, viendo sonrisas, sintiendo abrazos. Sintiendo lo que en verdad es la navidad, un día de unión y no un día de regalos ni cosas materiales. Por fin, a sus ocho años aprendió lo poderoso que es una palabra, un abrazo, una sonrisa, por fin, conocía la felicidad.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Black

Luego de la muerte de Pitufa decidimos quedarnos sólo con Lucas y no adoptar otro perro más. Hablemos más acerca de Pitufa. Vivió cerca de dieciséis años. Era pequeña, con un estómago prominente, de color amarillo, pelaje crespo y una osada mirada, cuando te miraba parecía que te exterminaba lentamente. ¡Ay!, Pitufa, no sabes cuánto deseo volver a verte, tenerte cerca y escuchar tus ronquidos a la hora de dormir. Continuemos con el relato, el lector se dará cuenta que la vida es corta y a veces te quita lo más preciado que uno tiene, así es, la vida es una perra.

Lucas desde esa vez se resignó a la compañía de la soledad. Deambulaba en las noches por el techo de la casa, mirando el cielo sin estrellas de Lima y, quizá, pensando en donde estará su fiel compañera. La mirada que me daba bastaba para saber que había perdido toda la fe, créanme que yo igual, después de la desaparición de Rambo (perro contemporáneo con Pitufa, fiel y un amigo de verdad) y otros hechos catastróficos era algo que escapaba de mis manos. Nosotros los mortales tenemos que aceptar la muerte como algo natural, algo que, tarde o temprano, pasará.

Los días transcurrían. Una de las tantas mañanas, en las que me iba al paradero para tomar un bus que me lleve hacía la universidad, noté algo: Lucas echado en la esquina del barrio junto a un perro de color del ébano, mirando, curiosamente, un portón de una casona destartalada. Sonreí y seguí con mi camino. Al día siguiente, el perro negro merodeaba mi casa, afuera, en la vereda, tiritando de frio, se notaba que odiaba el invierno. Lloraba exigiendo entrar a la casa, en más de una oportunidad tuve que botarlo para que se callara y nos dejara dormir, el perro era extremadamente insistente. Muchos días pasaron y este extraño visitante se mantenía afuera, cual celoso vigilante se haya visto. Su día de suerte llegó. Escuchamos gritos desesperados. Salí afuera, con mi padre, a ver qué sucedía. Nunca me olvidaré de aquella escena: el perro negro tirado, con las patas arriba, llorando y excremento a su costado (el miedo le había pasado una mala jugada). Un perro le había pegado. En un acto de piedad permitimos que el visitante oscuro entrara a la casa a pasar la cruda noche. Durmió en el segundo piso, mirando la puerta, desde un sitio estratégico, sobre un montón de chompas viejas. El convertirlo en mascota fue un poco complicado; es más, casi lo botan de la casa luego de robarse la comida de mi papá que estaba en la mesa. Pasó el tiempo y aprendió lo que era lo correcto y lo que no. Su primer baño fue algo catastrófico. El perro, que no había sido bañado nunca en su vida, al recibir violentos chorros de agua fría, gritaba desenfrenadamente. Al tercer baño se acostumbró y no volvió a gritar ni hacer berrinches nunca más. En el año nuevo casi se muere de miedo por la terrible bulla ocasionada por los malditos artefactos pirotécnicos.

“¿Cómo se llama?”, es la pregunta que algunas personas hacen al verlo. Tiene un nombre original, Black, así es, como su color. Black, es increíble que en tan poco tiempo te hayas convertido en mi mejor amigo y te hayas ganado el cariño de todos los que te rodean. Black, tus gestos, tus poses, todo me hace recordar a Pitufa. Al verte es como si la mirara. Es como si ella se hubiera reencarnado en ti, vaya, que tonterías estoy diciendo… Black, gracias por entrar a nuestras vidas.



domingo, 14 de agosto de 2011

Final inevitable

Me encontraba sentado con mis amigos por la facultad de Ciencias Económicas, mientras Kevin hacía sus estúpidas bromas. Grupos de jóvenes con sonrisas resplandecientes pasaban por nuestro lado; los rostros parecían idénticos. Sin hacer mucha articulación saco mi celular del bolsillo, alguien me estaba llamando, el número era desconocido. Contesto. Se trataba de una chica que se hacía la misteriosa, no decía quién era. Al creer que era una broma de alguna orate, cuelgo y sigo conversando sin darle importancia. 

El profesor de filosofía seguía hablando temas aburridos; yo, miraba los dibujos que hacía Stefano y a la vez escuchaba las perradas que hablaba una chica que estaba sentada delante de mí. Mi celular, de nuevo, vibra. Observo y eran un par de mensajes de texto. “Nos conocimos en el cumple de tu prima, bailamos un toque pero me fui temprano”. El otro decía: “Si me quieres conocer, contesta o devuélveme la llamada, sino, no hagas nada y siempre nos preguntaremos que habría sido”. Qué tal misterio, empecé a recordar… 

Hacíamos cola para ingresar a la Calle 8 (una discoteca de mala muerte, concurrida por delincuentes, pirañas, putas y flows). Una muchacha vestida de polo blanco y jean azul me hace el habla, era amiga de mi prima. Todo concordaba, era ella, lo malo era que no me acordaba de su rostro. El reggaetón sonaba a todo volumen, las parejas bailaban desenfrenadamente, rompían la pista de baile; yo tomaba con mis primos un poco de cerveza con agua y sangría. Mi prima se acerca y me dice que saque a bailar a su amiga. Estaba sola. “Bailamos”, le dije en un fingido papel de seductor. La chica me coge del brazo y me lleva a un lugar donde había espacio, suficiente espacio para bailar. Me da la espalda, se acerca rosando nuestros cuerpos y se empieza a mover como una excavadora. Traté de seguirle el ritmo. Habremos bailado como cinco canciones seguidas, hasta que de repente, se fue, sin despedirse, sin decirme ni siquiera su nombre. 

Salgo del aula y decido llamarla. Mantuvimos una conversación amena, la verdad, no me acuerdo de lo que hablamos exactamente. Me dijo como se llamaba, su nombre era Maruja, feo nombre por cierto. Me dijo también que estudiaba odontología y estudiaba en el Británico. Le pedí su Messenger y prometí que seguiríamos estando en contacto. No me podía sacar de la mente que de repente era una fea de mierda y me iba a llevar una horrible sorpresa, entonces llamé a mi prima. Me dijo que era bonita y buena onda. No satisfecho o más bien dicho, no tan crédulo por aquella descripción, la busco por facebook, entro a su perfil, veo sus fotos, en muchas fotos salía muy descarada; a pesar de eso no me llamó la atención, no era de mis gustos o no era lo que yo buscaba. Me desilusioné. Pero pensé rápidamente, analicé la situación y llegué a la conclusión de no tomarla en serio, ni cagando iba ser mi enamorada, pero podía ser un agarre o algo más. 

Desde esa vez nunca volvimos a hablarnos por celular, nos manteníamos en contacto a través del Messenger o por mensajes de texto. Cada mañana recibía mensajes suyos, mensajes ridículos, como: “que tengas un buen día bebé” y cosas que no vienen al caso ser escritas. Me llegué a hartar de su obsesión y sus constantes acosos. Un día me preguntó qué había pasado entre nosotros y le dije lo que pensaba, no, no le dije lo que pensaba, le seguí el maldito juego y me dijo que estaba sola en casa, supuse que esa era la noche, me bañé y me fui a darle el encuentro. Estaba preparado supuestamente para todo, pero nunca me imaginé lo que iba pasar. 

Su casa quedaba en La Victoria, una zona un poco sabrosa, llegué en taxi para evitarme problemas. Bajé y cantando una canción de Chabelos en son de victoria me dirijo a su hogar. Me abre ella. Será por la emoción o no sé qué, pero no la vi tan fea. Oportunidades así no se presentan todos los días así que tenía que aprovecharla. Estaba vestida con un top negro y un minúsculo short deshilachado. Nos dirigimos a su cuarto, sin parlotear mucho, de frente al grano. Le dije que me espere un momento y me fui al baño. Cerré la puerta e hice un gesto de triunfo con los brazos. Me miré el rostro a través del espejo, sonreí y acaricié mi quijada. Llamé a mi prima para darle las gracias y contarle que estaba a instantes de la hora final. 

–¿Dante? –en el tono de su voz comprendí su tremenda tristeza. 
–Sí –dije– ¿Por qué estas así? 
–Maruja murió. 
–¿Es una broma? –dije– estoy en su casa ahora. 
–Habla bien. Murió una semana después de mi cumpleaños: el 5 de abril. 

Traté de recordar y sacar cuentas, la única vez que hablé con ella fue más o menos el 2 o 3 de abril. Desde el 5 me comuniqué con ella solo por Messenger y mensajes de texto. Recordé también que en su facebook sus amigos le escribían cosas como: “que en paz descanses” o “espero que estés en el cielo con tus seres queridos”. Abrí los ojos desorbitadamente. Pensaba que lo hacían de broma. Mi celular cae al piso y se abre, la batería se desplaza a una distancia considerable. Mis piernas empezaban a temblar y el sudor frío caía por mi rostro. Abro la puerta del baño y veo la cabeza de Maruja tirada en el piso. Grité como nunca lo había hecho. Salí de la casa y corrí sin rumbo, a toda velocidad, sin importar lo que pensarán de mí, con la única intención de escapar de aquella pesadilla. 

Buscando en google me enteré que ella murió en un accidente automovilístico, ella cruzaba la pista hablando por celular y un negligente conductor la atropella, salió disparada, llegó otro auto y la arroyó, sacándole la cabeza. Justo esa tarde hablaba conmigo…


domingo, 3 de julio de 2011

Día del amigo

Leía Lolita –aquella novela que desde hacía no mucho, soñé y anhelé tener en mis manos– en mi cuarto, hasta que, el estruendoso sonido del vibrado de mi celular me desconcentra. Era un mensaje de texto. Lo leo: “Soldado, ya chapé moto”. Dibujé una sonrisa burlesca en mi rostro y continué leyendo, hasta terminar el capítulo.

“¿Llevo DNI? No, ni cagando, ¿para qué?, cualquier huevada saco mi carnet universitario del 2009 y las huevas, ahí están todos mis datos. ¿Y celular?, peor, fácil venga medio picado y pierda, así que no, por las huevas. ¿Y plata?, ¡puta madre!, llevaré dos cheques… no tengo sencillo”.

Luego de unos minutos me llama el loco diciendo que está afuera de mi casa. Era la medianoche y todos estaban en sus respectivos dormitorios. Subo y rutinariamente pido permiso a mi viejo. “Ya, ten cuidado”, sentenció luego de aceptar mi solicitud.

Volver a ver a mi amigo, ¿amigo?, es casi como mi hermano… por Dios; era lo más gratificante que tuve aquel domingo naciente. Mientras caminamos, conversamos sobre las novedades que habíamos tenido durante ese lapso de no vernos.

Veíamos, sin querer, a la multitud de gente alrededor de las discotecas, caras sonrientes, y otras, al acecho. Sentíamos el frío, un frío tímido comparado a otras noches.

Me llegan al pincho las fechas comercialonas, pero bueno, cualquier pretexto para pasar un buen rato y olvidarme de la universidad y esas cosas que consumen mi sagrado tiempo son justificables. 

Llegamos a la licorería, un pequeño establecimiento ubicado al frente de Metro, debajo de una discoteca de mala muerte.

–Dos vinos, esos de cuatro soles –Loco me entrega su parte en términos monetarios.

El proveedor del alcohol tenía una cara de zombie, lo más probable era que estaba coqueado. Nos mira y se queda pensando.

–Ya, pero faltan dos soles.

“Hey, un toque, nosotros nunca le habíamos pagado. Dos cosas: nos está probando o en verdad se ha confundido”, pensé. Nos miramos las caras. “Vamos a arriesgar”, pensé.

–Dale sus dos lucas –entregándoles dos monedas a loco.

Loco le paga y el proveedor desaparece. Después de unos breves segundos aparece con las botellas y nos las entrega. “Vámonos al toque”, le dije a loco, huyendo a raudos pasos.

Cruzamos y nos dirigimos a las Flores. En el trayecto nos percatamos que el distrito tenía lo suyo: chicas entre veinte a más, de gran belleza y picardía, caminando ostentosamente en grupo.

–Vamos a comprar puchos ­–dije.
–Nada –con un gesto de desaprobación–, compra y yo te acompaño.

Vimos una tienda que estaba medio cerrada, adentro estaban tres compañeros del alcohol, tomando unas Pilsen.

–Una cajetilla de Marlboro –dije.
–Espera –dijo el tío– voy a ver si hay.

Uno de los beodos me mira, mueve su cabeza y me hace el habla.

–¿De puta madre no?
–Claro –dije
–¿Sabes quiénes son?
–Nada brother.
–Nirvana pe –haciendo, con sus brazos, como si tocaría una guitarra.

Me resultó extraño que un sujeto así me esté dando clases de rock, pero bueno, a decir verdad, mis gustos musicales han cambiado descomunalmente desde que terminé el colegio.

El tío regresa con una cajetilla de veinte unidades.

–Pucha no tiene una de diez.
–No, no hay.
–Entonces una cajetilla Lucky.
–Y también un encendedor –dice el loco.

Le pago veinte soles y me da como saldo de la operación quince soles.

–¿Un sol está este encendedor? –enojado dice el loco.
–Puta, ya fue –Lo único que quería hacer era irme de esa mierda de lugar y dejar a aquel ebrio que hablaba incoherencias.
–Me llega al pincho la gente que se cree pendeja cuando no lo es –finalizó el loco.

Nos sentamos afuera de la puerta de la casa de Yesenia. El loco la llamó a su celular, pero ella no contestó.

–¿Estás seguro que te dijo que normal podíamos venir?

Me resultó extraño porque ella, hacía un par de horas, me mando mensajes diciendo que mejor lo posterguemos para el domingo. Loco revisa el mensaje.

–Puta madre, me equivoqué.

Reímos.

–Pero igual voy a llamar hasta que reviente el teléfono. Los intentos resultaron en vano.

Abrí una botella, me serví, saqué un pucho, me lo puse en la boca, exhalé lentamente liberando un fino hilo de humo; mientras loco hablaba con una bandida por celular.

Loco se sirve y me empieza a hablar de política. La bohemia alcanzaba su máximo esplendor.

Un tipo se sienta al costado de nosotros, sin duda, era un choro. Nosotros nos dimos cuenta y seguimos hablando de lo más normal. A los minutos aparecen más choros. Seis se fueron a la derecha, el camino donde había más gente. El choro que estaba sentado se va y se encuentra con tres choros más. Luego cuatro choros se van a la izquierda, el lugar más oscuro. Nos tenían acorralados.

Sale la inquilina de Yesenia. “Ella no va a salir y no hagan bulla que el bebe está durmiendo”. Nos recordamos que Yesenia un día nos contó que tenía una inquilina maleadaza, era la líder de una secta de delincuentes. La tipa se reúne con los demás choros y conversan sobre algo. Desaparecen.

–Ya, vámonos, salgamos por la derecha.
–Es ahora o nunca.
–Yo llevaré la botella.

Habíamos terminado una y la otra estaba casi llena.

–Yo llevaré los puchos y el encendedor.

Huimos.

–Fíjate si nos siguen.

Llegamos al paradero y observamos a un serenazgo.

–Vamos por la alameda –generalmente serenazgos custodian dicho lugar.

Ya nadie nos seguía, pero aun no estábamos librados, el camino por recorrer era largo y peligroso. Ebrio, orino en plena vía pública, hacía tiempo que no hacía eso.

En el camino seguimos tomando, eso me hacía recordar cuando tenía quince años y chupaba en la calle rumbo al rock en el Parque. Llegamos al paradero 12 y nos subimos a un muro a descansar un toque, de paso, fingíamos ser malandros para engañar a la gente.

–Pura pareja nomás pasa.
–Sí, ¿no era día del amigo?

Reímos.

–Esas flacas están hasta las huevas, de ley van a tirar.
–Sin duda…
–Amigos con beneficios pe.

Y en eso, pasan por nosotros dos alcohólicos. Uno me miró y pensó que estaba fumando marihuana, al ver que fumaba un cigarrillo pequeño…

–Invita.

Le entrego el pucho.

–Llévatelo nomás –dijo el loco.

Y siguieron su camino.

–Quiero vomitar –dice el loco.
–Vomita nomás, como si las huevas.

Y lo hace. La gente que pasaba por el lugar nos miraba.

–Párate, parado nomás –decía argumentando que no estábamos ebrios.

Volver a tomar, después de un largo tiempo, nos pasó la factura, bueno, le pasó factura.

–¿Puedes llevarme a mi casa?
–Las huevas, vamos.

Lo dejé en su casa y ahora tenía que ir a la mía. Me llegó todo, no tenía mucho que perder, tan solo quince soles y un carnet antiguo. Además no tenía otra opción.

En el trayecto pasé por alcohólicos que salían de los bares, parejas que salían del telo, prostitutas esperando a sus clientes y choros.

Eran ya las cuatro de la madrugada. Toqué. Mi madre mencionó mi nombre.

–Sí, soy yo, ábreme.

Entré, mi perro salió, lo hice pasar. Me dirigí a la cocina a tomar un vaso con agua. Me saqué las zapatillas y la billetera de mi bolsillo. Y en acto de victoria caigo rendido a mi cama.