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sábado, 6 de febrero de 2016

American Trip

8


Al abrirse la puerta del ascensor me perdí en los ojos color café de Audrey, la chilena más rica de work and Travel. Nos saludamos. A pesar que estaba con mi carrito de desperdicios: platos, vasos, tasas, cucharas, tenedores y demás huevadas sucias, la acompañé.

-¿Irás al party de Jowel?
-¿Es uno de los puertorriqueños no?, ¿Dónde vive?
-En el 317.
-Ah, manya, fácil baje.
-Tienes que ir, va a ser el carrete. Toda la gente estará curada wn.
-¡Asu!, ya pues, ahí estaré –dije mientras ingresaba a la cocina- nos vemos.

Audrey al igual que la mayoría de gente, era housekeeper pero inside, o sea trabajaba dentro del hotel, limpiando cuartos. Siguió su camino a seguir chambeando.

Rápidamente me recordé la fiesta de Lalo, en una de las rondas de Beer Pong me hice el habla con Audrey, ella al comienzo no quería jugar, pero luego de tanta insistencia jugó, no me acuerdo si jugó conmigo o contra mi equipo, pero qué chucha, eso es lo de menos. Lo interesante fue que en medio de la borrachera hubo una química tremenda entre nosotros, que si hubiera sido persistente, otra hubiera sido la cosa, pero bueno cultos lectores, no es suficiente lamentar.

Llegó la noche y el que menos fue al dichoso party, yo me quedé en casa viendo alguna película en cult moviez, luego de bañarme y haber comido algo ligero. Todo era tranquilidad en mi casa después que el gordo y Lalo se mudaron de casa, ahora solo vivía con el buen Francisco. De los tres peruanos era el que menos me caía, pero al poco tiempo me empecé a llevar de puta madre con él.

Debo reconocer que no soy mucho de ir a fiestas, pero si hay trago y peor si es gratis, todo es bienvenido. Eso sí, una vez que se me pica el diente no paro hasta quedarme mamado. Por eso no fui a ese tono, porque al día siguiente tenía que trabajar temprano y además quería evitar problemas con Lalo y un par de puertorriqueños.

Al día siguiente la encontré a Audrey de nuevo. Me miró y sin saludarme paso de frente. En esos ojos rojos llenos de venas por la tremenda borrachera que se metió y la madrugada, sentí odio y rencor. Ella quiso verme ahí, quiso conversar conmigo, bailar conmigo y muchos verbos más que se conjugan con “conmigo”, pero no, no fui, por huevón. Tenía veintiún años pero seguía siendo un idiota en esos temas, creo que lo sigo siendo, en fin.

Luego de unas semanas, escuché que alguien tocaba la puerta de mi casa con suma urgencia, como vendedor que quiere que le pagues lo que de debes. Lo miré a Francisco.

-¿Quién chucha es ah?
-No sé huevón, fácil es un homeless.

Nos reímos. Sabíamos que esa idea era casi imposible. ¿Quién mierda va a vagabundear en medio de la nada? Eso solo se ve en películas. Francisco sacó la cabeza por la ventana.

-Te buscan
-Hablas huevadas, ¿Quiénes? La puta madre.

Bajé. Abrí la puta puerta y los vi a ellos: eran Carlos y Cristian, los puertorriqueños y compañeros de trabajo más hijos de puta que puedan existir. Me empezaron a reventar las bolas, me preguntaban una y otra vez por qué no quería ir, fue tanta la insistencia que cogí mi casaca impermeable y los acompañé al party que había esa noche.

Al entrar olí a destrucción, los límites no existían en ese lugar. La música de regueaton estaba a todo volumen, mientras algunos se animaban a bailar y a rozar sus cuerpos al ritmo de la música. Uno de ellos me dio una lata de Bud Light, como diría el agente Cooper de Twin Peaks: “el rey de la cerveza”. Mientras saboreaba la chela observé en medio de la oscuridad a Audrey. La vi acompañada, no sé si podría decir: “muy bien acompañada”, pero bueno, estaba con un puertorriqueño, nunca lo había visto, no era dishwasher ni cagando porque los conocía a todos, creo que tampoco era housekeeper porque nunca lo vi en el hotel, de seguro era Laundry. El conchasumadre ese no era nada pintón, no sé qué floro le metió pero ya se había robado su atención. Hice como si no hubiese visto nada y me dirigí a la cocina, me encontré con Claudia, otra chilena, “hola, hola”, me dijo como siempre saludaba. Conversamos un rato mientras sacaba otra lata del refrigerador. Descubrí que ella ya estaba con un gringo y también que no era la única, Romi, la argentina que parecía Barbie, también estaba con un puertorriqueño, al igual que su incondicional. “La puta madre”, pensé, “uno deja de ir a tonos por un corto tiempo y todo cambia”. Los puertorriqueños ya habían atacado y escogido lo mejor de Sucsex Drive, ahora con más ganas, ya no daba ganas de asistir a esos tonos, desde ese momento nada tenía sentido.

jueves, 12 de marzo de 2015

American Trip

7


Luego de la charla con mis padres, me levanté de la cama y me fui a la cocina. Al bajar las escaleras me topé con el caos y el desorden: la cocina-comedor estaba hecha basura. El piso estaba con barro y huellas, la mesa estaba lleno de vasos, latas y envolturas. La sala estaba en el mismo estado. “¡Puta madre!, qué tal tonito”, dije mientras regresaba a la cocina. Me calenté un vaso de sopa Maruchan y regresé a mi dormitorio. Luego prendí la televisión, puse el canal house a todo volumen y entre a Facebook mediante mi Tablet. Me comuniqué con algunos familiares y amigos. Era ya el 31 de diciembre. Por lo que veía, todos mis conocidos se preparaban con ansias para el año nuevo; mientras yo me duchaba para irme a trabajar. El turno que me tocó ese día fue de 4 de la tarde hasta la media noche. Una vez listo, uniformado, me fui hacia el resort caminando. No hacia tanto frío ni tampoco era de mañana para irme con el shuttle. La distancia de mi casa hacia mi trabajo era más o menos una milla, así que tenía tiempo para ver el paisaje y sentir el aire congelado de Pennsylvania. Cuando salía del barrio tenía que bajar hacía el paradero, de ahí tenía que caminar la pista que me llevaba a la carretera. Estando ahí, me colocaba detrás de la línea que separaba el camino de los carros con el lado de los peatones locos y pobres, como yo. Estoy seguro que mucho de ustedes se preguntaran lo de locos y pobres, bueno, digo locos porque en cualquier momento te puede matar un auto y pobres porque en Estados Unidos el que menos tiene auto propio. El cielo permanecía celeste, un celeste tan intenso, era un cielo tan diferente al que acostumbraba ver en mi querida Lima, la gris. Las nubes se movían a gran velocidad, así como los autos, en especial esos camiones gigantes que cada vez que pasaban desprendían un viento tan fuerte que podía empujarme contra las rocas adornadas de nieve, sin problemas, gracias a Dios nunca pasó eso. 

Luego de casi media hora llegué al resort. Abrí la puerta del sótano y entré. En el camino me encontré con algunos muchachos que ya salían de sus turnos, cansados y aun con resaca. Nos saludamos con un “hola”. En la máquina de asistencia, vi la hora, eran ya las 4:03. Aún estaba a tiempo, poncho y entro al ascensor. Como la rutina manda me fui a la cocina donde Andy hace las reuniones antes de cada turno, pero no lo encontré. Encontré a uno de sus chacales, un gringo alto con lentes hípsters y de monturas color negro. Me miró.

–There’s no meeting today. Go to work. 
Lo miré con cierta extrañeza.
–Go ahead! 

Di media vuelta y me fui a Autumn, la cocina que me iba a tocar por el resto de mi estadía en ese resort. Lo único bueno es que ya no tenía que irme a otros lugares, lo malo era que había mucho trabajo en ese lugar. En la cocina ya estaba Frankie. Era un tipo de cabello rubio y ojos verdes, de estatura mediana y que sufría un ligero retardo. Muchos de los puertorriqueños se burlaban de él y lo llamaban “tostao”, que era algo así como loco. Después de todo era de puta madre trabajar con él ya que me brindaba ayuda incondicional y podía platicar en inglés a la vez, eso me ayudaba a hablar más fluido. Dentro de él no había maldad, no había poses del más pendejo ni nada por el estilo, era una de las pocas personas que se mostraban tal y cual era. 

Cuando sacaba los racks con vasos escuché gritos y sonidos de juegos artificiales. Ya era medianoche, ya era año nuevo y yo seguía trabajando. Salí de la cocina y en el pasillo vi a muchas familias, niños jugando, abrazando a sus padres, parejas brindando con licores caros. Me sentí miserable. Entré a la cocina y me despedí del gran Frankie.

–Hey, It’s 12:10, I’ll go home.
–Ok, ok Christian –me dijo mientras seguía trabajando duro– Take care
–See ya tomorrow. 

Bajé rápidamente y llamé por teléfono para que el shuttle me recoja. Vino Miguel, el chofer del shuttle. Era puertorriqueño pero a pesar de eso, era de los pocos que no tenía corte regueatonero, seguro era porque ya estaba en la base 4 y sería ridículo vestirse así. Conversamos. Me dijo que todos se habían reunido en dos casas, la mitad en la de los argentinos y los otros en la mía. “¿En mi casa?”, dije. Recién me enteraba. Llegamos. Me despedí del viejo y toqué la puerta. Me abrió Alberto y nos saludamos, pasé y vi a muchos chicos del programa work and travel en mi sala y cocina-comedor, no me detuve a saludarlos uno por uno, sino solo atine a decir: “Hola, qué tal, Feliz año” mientras subía a mi cuarto a encerrarme para dormir sin importar qué día era.

sábado, 3 de enero de 2015

American Trip

6


Al día siguiente de primer día de trabajo, la pasé en casa, chilleando en internet. El segundo día de trabajo fue diferente: tenía que entrar a trabajar a las 8 am. Ese día, y como el resto de los días que me tocaba trabajar en la mañana, me levanté a las 6:50. Medio zombie me cambié y vestí con el uniforme de trabajo: aquel pantalón ancho de color crema, un polo plomo que tenía el logo del resort y mis zapatillas negras de Perú; la gorra la guardé en el bolsillo de mi jacket. Bajé al baño, me lavé la cara y me afeité. Acto seguido guardé mi máquina de afeitar en el cajón de mi cuarto. ¿Qué chucha iba a dejar esa huevada en el baño?, luego alguien lo usaba y me pegaba alguna enfermedad de transmisión sexual y me iba al carajo. Ya aseado, me fui a la cocina a servirme mi desayuno. Siempre desayunaba un par de panes blancos con jamonada y queso amarillo y tomaba leche. Después de desayunar hacía hora en el mueble hasta las 7:40, hora en que pasaba el shuttle a la esquina de mi barrio. Había gente impaciente que esperaba el shuttle en el paradero; yo, en cambio, esperaba en mi casa para recién salir. Cuando era hora estaba atento en el mueble mirando la ventana. 

Desde ese día empecé a trabajar dentro del hotel. Aprendí que antes de comenzar a laborar, tenía que ir a la cocina principal a reunirme con el manager y los demás dishwashers. El manager se llamaba Andy, era un viejo pelado, blancón, de ojos verdes y de estatura mediana. Siempre hacía preguntas de cuál es el tiempo que se debe poner en el agua caliente las ollas o qué valores debe tener el dishwasher ideal. Aunque antes consideraba que era pérdida de tiempo, debo confesar que esas palabras que decía, lejos de ser clichés, lograban identificarte con la empresa y con tus funciones, además de motivarte. Nunca podré olvidar aquella frase que marcó mi vida: “nothing is imposible” y eso lo aprendí más tarde cuando tenía que trabajar solo o lavar las cosas de tres restaurantes o quedarme a doblar turno y hacer dieciséis horas de trabajo. 

Y sí, ese día me tocó trabajar solo y en el área que más odié: Pots. En ese lugar no había máquina ya que no se lavaba platos ni vasos ni tasas; solo tenías que lavar ollas, recipientes, bandejas y demás huevadas de tamaño colosal. A la hora y media, mis manos se quedaron hechas mierdas, a pesar de que usaba guantes. Las yemas de mis dedos se pusieron como gelatina. Maldije ese día. Me prometí que si me volvían a ubicar en esa área agarraba mis cosas y me iba a New York con mi tía, ¡al carajo todo! Gracias a Dios eso no sucedió. 

El tercer día fue más relajado: me tocó trabajar en Autumn y con Frankie. Luego de trabajar llegué a mi casa, me bañé y mi cambié para el cumpleaños de mi roomate Lalo. Esa fiesta fue demencial. Hubo tragos en exceso: abrías la puerta del fridge y veías latas de cerveza en cantidades respetables, en las mesas no faltaban las botellas de vodka y ron Bacardi, ícono del trago boricua. Vinieron todos: los argentinos, chilenos, peruanos, puertorriqueños, hasta tres norteamericanos y un mexicano. Fue de puta madre. Jugamos Flip cup. Para los que no saben, para jugar tienes que ubicarse en una mesa, dividir la gente en dos grupos de siete jugadores, preferentemente, servir cerveza en vasos descartables, ubicar los vasos llenos cerca a cada jugador y en poner en el filo de la mesa. Cada jugador tiene que esperar su turno, una vez que le toca tiene que tomar el vaso de cerveza, una vez que este vacío, debe ubicarlo en el filo y voltearlo con la palma de la mano. Ganamos dos juegos de tres rondas. 

Fue un descontrol total: rompieron el baño, la puerta del cuarto de mis roomates y vomitaron. No me acuerdo muy bien, pero creo que yo también buitré en la cocina, luego de zamparme shots de Bacardi, luego de haber jugado el flip cup. Lo malo de ese inolvidable party, fue que tuve un problema con el cumpleañero. Ese huevón a pesar de que cumplió 24 se puso pedo y empezó a romperme las bolas. Pero bueno, nada es felicidad completa, ¿no? 

Al día siguiente, Lalo me despertó. Me dijo que me llamaba mi viejo por teléfono. Seguía ebrio, me daba vueltas la cabeza y no coordinaba las palabras. A diferencia de la navidad, ya me encontraba más tranquilo ya que ya trabajaba y estaba empezando a acostumbrarme a vivir solo, lejos de casa. De todas maneras, la conversación que tuve con mis padres fue algo feeling. Al despedirme mandé saludos a los demás y les dije que cuidaran a mi fiel y mejor amigo perruno llamado Black.

domingo, 7 de diciembre de 2014

American Trip

5


El 27 de diciembre empecé a trabajar, por fin. La tristeza y desesperación que sentía mutó en un júbilo indescriptible. En el Shuttle, que era un bus que nos llevaba al trabajo y nos traía a casa, conocí a Gaby, era un moreno de estatura baja, el único puertorriqueño que le gustaba el metal. Me pareció buena onda, a fuego como dicen ellos. Me indicó donde me tocaba trabajar. 

“Aquí es Ski Londge”, me dijo. Me despedí de él con un apretón de manos y bajé del shuttle. Ingresé al establecimiento y observé a puros niños de entre ocho a quince años, estaban jugando al bowling o a los juegos de mesa tipo pinball. “¿Ahora dónde carajos voy?”, pensé. Me acerqué a una gringa que parecía trabajar ahí.

–Hi, I’m the new dishwasher. It's my first day at work. Could you tell me how can I go to the kitchen?

La chica me respondió amablemente y le dijo a un tío que me lleve hacia la cocina. Antes de eso le dije para ponchar mi dedo en la máquina que controla la asistencia. Dicha máquina estaba ubicado en un pequeño cuarto donde también había mucha ropa de ski y snowboarding. Coloqué mi dedo pero no lo reconoció. El tío me dijo que no importaba, que ya habrá otra oportunidad de grabar mi huella digital. Subimos en ascensor hacia la cocina. Cuando entré, me sorprendí, nunca había visto una cocina tan grande. Habían muchos chefs, meseras y dos dishwashers.

–Hey you! I’m Christian, the new dishwasher.
–Oye no tienes que hablar en inglés con nosotros –dijo el más tío– somos puertorriqueños.
–¡Ah! –dije– mejor.
–¿De dónde eres? –dijo el gordo– ¿De Chile?
–No – respondí– Soy de Perú, Lima. 
–Bueno, ya que viniste –dijo el tío– me voy, ya es hora.

Yo era el relevo de ese tío. Me quedé con el gordo, su nombre era Mauricio. Debo confesar que ese día Mauricio fue el único que lavo todos los platos, vasos, tazas, ollas y demás huevadas; mientras yo estaba parado sin saber qué hacer, luego lo ayudé en ubicar las cosas en su lugar. Ese día solo trabajé seis horas, pero debo confesar que terminé hecho mierda. No estaba acostumbrado a trabajar. Lo mejor de ese día fue que uno de los chef nos invitó pizza, hamburguesa y un vaso enorme de coca cola, fue algo traído del cielo, ya que estaba con un hambre de la concha su madre. 

También intercambiamos algunas palabras. Y típico de los puertorriqueños no hablamos de fútbol, ni religión, ni temas de actualidad, si no solo de mujeres. 

–¿Y has ido a los parties? –me dijo el gordo mientras ponía un par de platos en la máquina.
–Sí –respondí– a algunos. Mucha destrucción.
–Si me pareció verte en el grupo de los peruanos, en especial, con la gente del mago. 
–Ah, sí.
–Oye y que jeba te gusta más, hay unas que están…
–Hay flacas simpáticas. Pero han venido unas chilenas, que, asu, están buenazas. 
–Ah, sí, una de ellas es argentina.
–¿Lana?
–Sí, la rubiecita, bien linda ella. Todos le han puesto el ojo.
–Sí, es la más rica del barrio. 

Llegó las doce de la noche y salimos de la cocina. Acompañé a Mauricio a botar la basura y nos fuimos en shuttle hacía el barrio. Cuando llegué a casa, Alberto y Frank me estaban esperando, me preguntaron qué tal había sido mi primer día de trabajo y si había traído algo de comer, a lo que les dije que no, que había comido allá. Al saber esto, continuaron con lo que estaban haciendo: ver TV o chatear en Facebook.

martes, 21 de octubre de 2014

American Trip

4


Cuando dije que todas las casas eran idénticas, lo eran, tanto por fuera, como por dentro. Todas las casas tenían dos pisos: en el primero había una pequeña sala con una TV antigua, un baño y una cocina-comedor; en el segundo piso se encontraban las habitaciones, que eran dos, cada una tenía tres camas y un TV antiguo, también había otro baño. 

En la primera noche dormí en el cuarto de los jamaiquinos. Recuerdo que uno de ellos roncaba como mi perro, me llegó al pincho. Las siguientes noches dormí en la sala, en un inmenso sofá que se convertía en cama, tipo Transformers. 

Al día siguiente hablé con Taylor y me ubicó en la misma casa, o sea el 901. También me hicieron el drug test y firmé contrato. Yo iba a dishwasher, como muchos, pero fui el único que se quedó con ese puesto, los demás fueron cambiados a laundry. El otro grupo iba a trabajar como housekeepers. Ese día también conocí a mucha gente peruana, algunos chilenos y argentinos. 

Una semana después fue mi orientation. Me indicaron dónde iba a trabajar, que iba a ser, cuales eran mis horarios y otras cosas. Se suponía que al día siguiente del orientation iba a ser mi primer día de empleo, pero no fue así, fui el único de todo ese grupo que tenía que comenzar la siguiente semana, ya que no salía en el horario de los dishwasher. Volví a hablar con Taylor, la directora de Human Resources, pero fue en vano. 

Esas dos semanas que estuve sin trabajar, en casa, me parecieron eternos y tristes. Extrañaba mi familia, mi casa, mis amigos, todo lo que me hacía recordar a una vida de comodidad en mi país. Ahora me encontraba en un país lejano, donde se hablaba otro idioma, con otras costumbres, con un frío que hasta ese momento llegaba a los -10 C°, solo, triste y perdido. Quise abandonar ese lugar de mierda e irme a vivir con mi tía que vive en New York, pero salir de allí y llegar no iba a ser nada fácil. Encima tenía que tener el social security para poder trabajar allá, o si no me podían deportar.

Aunque no todo fue una mierda, casi todas las noches había reuniones o fiestas en algunas casas y como hueveando iba a veces. Recuerdo que en una fiesta llegaron dos chicas rubias que se robaron las miradas masculinas de deseo y de envidia, por parte de las mujeres. La más alta era chilena y la otra era argentina pero estudiaba en Chile. Debo confesar que las dos eran guapas, las más guapas de todo ese inmundo barrio de latinos. Todos querían ligar con la argentina, pero personalmente la chilena me pareció más atractiva, la otra era muy Barbie. 

El día de navidad fue sumamente extraño, era la primera vez que lo celebraba sin mi familia, esta vez lo hacía con gente que recién conocía. Fue duro. Lo más raro para mí fue que experimenté esa navidad con nieve y con hermosas estrellas en el cielo. 

Los jamaiquinos me llegaban al pincho. Me fue difícil entender lo que decían, pues su inglés era asqueroso. Como decía Lalo: “si entiendes a los jail (jamaiquinos), entiendes a quien sea”. Como les conté antes, vivía con dos jamaiquinos: uno gordo y uno flaco. No me acuerdo como se llama el gordo, pero qué chucha, no interesa. Lo que sí es digno de contar es que ese gordo a pesar de ser callado, solía llamar por teléfono a los vecinos y joderlos. Me acuerdo un día llamó a los argentinos y como ellos eran los únicos que tenían una registradora de llamadas se dieron cuenta que la llamada era de la casa donde yo vivía. Vinieron en seguida. Yo abrí. 

–Acaban de llamar a mi casa de un teléfono de aquí. Estaban boliudeandonos
–¿Sí? –le respondí– qué raro.
–Ya, cuidado, dile a ese payaso que deje de joder –reconociendo que mi voz no era la de la llamada–No quiero problemas. 

Se fueron. Cada pisada se hundía en la blanca nieve, dejando huella. Cerré la puerta.

Ese gordo siempre me reventaba las bolas diciéndome que no robe las cosas del refrigerador. Qué mierda iba a ser choro si ellos mismos, los peruanos, me dijeron que agarre lo que quiera del refrigerador. La condición era que todos íbamos a poner cuotas iguales para comprar alimentos. Aparte de eso, una vez me jugó una broma. Estaba bañándome, relajado, cuando de pronto escuché la puerta. Alguien estaba tocando. “Open the door, I wana pum pum”, dijo el gordo ese. Pum pum es tener sexo, es como decir fuck para los jamaiquinos. “¿Qué?”, dije. Siguió tocando. Me puse la toalla y abrí la puerta. Vi a Lalo y al gordo riéndose. Los peruanos siempre bromeaban que ese gordo era el negro ese de la cárcel que dice: “recoge el jabón”. No sé cómo lo convencieron de hacer esa broma. Volví a entrar al baño, furioso, para cambiarme. 

Durand, el jamaiquino flaco, era más buena onda, más amigable. “Hey youuuu”, decía el hijo de puta ese, siempre gritaba la misma mierda. Me ayudó a comunicarme con mi tía de New York. Lo malo es que molestaba a la gente cuando veía algo sucio o algo no ordenado en la casa. 

Un día después de navidad se fueron los jamaiquinos. Debo confesar que me alegró un montón el enterarme de esa noticia. Ahora la casa era solo de peruanos. Subí a la otra habitación y me apoderé del lugar, yo solo dormía en un cuarto; mientras los otros tres peruanos dormían en el del costado. Sin lugar a dudas, después de la navidad más fría que haya vivido en toda mi vida, mi suerte empezó a cambiar y la vida, a sonreír.

viernes, 3 de octubre de 2014

American Trip

3


El aeropuerto de Dallas era gigantesco. Era más de tres veces de grande que el aeropuerto de Lima: el “Jorge Chávez”. Tenía de todo: restaurants, tiendas de ropa, tiendas de accesorios, entre otras cosas. Hasta había trenes para poderte movilizar.

En el camino me encontré con un peruano que me ayudó a matar el tiempo unas horas. El muchacho venía de Arequipa, tenía veinticuatro años e iba a Colorado, por tercera vez. Buena honda el brother ese. A eso de las 10 am se fue a su gate, mientras yo me dirigí a la estación de tren.

Subí al tren de la ruta C. Estaba súper vacío. Era la primera vez que subía a uno. Saqué mi cámara digital y me tomé unas cuantas fotos. A pesar de no haber desayunado, no tenía hambre. 

Subí al avión y lo que siguió carece de sentido. Plan de las 6:30 pm llegué al aeropuerto de Pittsburgh. Después de un agotador viaje llegué a Pennsylvania, estado el cual no me iba a mover hasta marzo. 

Inmediatamente me fui a la sala donde entregan los equipajes de bodega. Busqué como loco donde quedaba dicho lugar. Mientras caminaba, mi vista no pudo encontrar a otra persona que no sea norteamericana. Una vez que llegué, cogí mi maleta y me fui al teléfono más cercano. 

-Hola, ¿Carlos? –Dije medio asustado y nervioso- soy Christian, amigo de George, ya llegué al aeropuerto de Pittsburgh, ¿dentro de cuánto tiempo estarás aquí? No te demores.

Me contestó. Me dijo que iba a llegar en veinte minutos. El tiempo pasaba lentamente. Maldije la hora en la cual me lancé por esa idea. Tenía dos opciones: pagar alrededor de 190 dólares para que el bus del resort donde iba a trabajar me recoja del aeropuerto o pagarle 80 dólares al amigo de un pata que me había contactado en el grupo de facebook de los muchachos sudamericanos de work and travel. “La puta madre", dije. Volví a llamar. 

-Hola, ¿Carlos?, te estoy esperando en el lugar donde se recoge las maletas.
-Ok, ok.
-¿Cómo me vas a reconocer? –Pregunté, ya que nunca nos habíamos visto- estoy vestido con una casaca azul.

Colgué y me senté con mis maletas. No había duda que me había ido a los Estados Unidos a la aventura. Quizá se me hubiera hecho más fácil y entretenido el ir acompañado con algún amigo de Lima. 

Me acordé de la descripción de George: “es bien fácil de reconocer, Carlos es jamaiquino”. No se me ocurrió otra cosa que un negro alto. No me equivoqué. 

En el momento menos esperado, escuché una voz que decía: “¿Christian, eres tú?”. Era Carlos. Me levanté del asiento y le estiré la mano. Conversamos cualquier estupidez que no me acuerdo y nos fuimos a su auto. Nunca me podré olvidar el momento en que pisé la calle de Pittsburgh, mis piernas se inmovilizaron, nunca había sentido tanto frio, era peor que estar en un fridge. Cometí un grave error: el no haberme puesto calentador dentro del pantalón. 

Carlos metió mi equipaje dentro de la maletera. Dentro del auto, estaba sentada una morena que vestía un abrigo típico de las chicas de los barrios peligrosos que salen en las películas gringas. Le dije: “hola” y me senté en el asiento trasero. 

El viaje duró alrededor de una hora y media. El lugar donde iba a vivir si estaba jodidamente lejos de la civilización. En el camino miraba por la ventana y todo era diferente a lo que conocía en mi país, aparte de los letreros en inglés, claro, las calles hasta el cielo era diferente.

Antes de llegar a Farmington, paramos en Uniontown y entramos a Wallmart. Dicho establecimiento era un supermercado inmenso que tenía de todo. Una de las cosas raras que vi era que tenían, aparte de las cajas registradoras la cual atendía una chica, otras que no había nada y el cliente metía su dinero o su tarjeta en la máquina y lo registraba por su cuenta, by yourself como dirían ellos. Me quedé sorprendido. Estoy seguro que en Perú sería un fracaso, la gente se iría sin pagar. “No way”, dije. 

Salimos de Wallmart y seguimos con el viaje. A los minutos llegamos a un barrio desolado que tenía casas idénticas. “Acá es donde vive George, pasarás la noche allí y luego hablas con Taylor para que te ubique en una casa”, me dijo Carlos. Tocó la puerta de una casa que tenía el número 910. Salió otro jamaiquino, igual de alto pero más flaco: era Durand. Me miró mal pero me dejó entrar. Dejé mis maletas en la sala y me fui a la cocina, donde había gente. “¿Eres peruano?”, me dijo el más bajito de ellos. “Sí”, le contesté y seguí respondiendo el interrogatorio. En esa casa vivían tres peruanos y dos jamaiquinos. Los peruanos me vacilaron un toque y uno de ellos me preparó sopa Maruchan. No me imaginé que esa casa de madera iba a ser mi hogar durante más de tres meses.

miércoles, 13 de agosto de 2014

American Trip

2


      La sociable chica se alejó y se sentó donde le correspondía, mientras yo seguía avanzando. Mi asiento era uno de los últimos, quedaba ubicado al medio del avión, en la parte trasera. Nadie reservó asientos a los costados de mí. Ya eran más de las dos de la madrugada y no sentía hambre ni sueño, solo miedo, miedo a lo desconocido, miedo a no saber qué hacer en los próximos días. Debo confesar que me llené de una cantidad increíble de mala vibra y no disfruté el viaje de ida. 
      Era la primera vez que viajaba, así que fue una experiencia que quizá jamás olvide. Mientras el avión se deslizaba por la pista, las flight attendant entregaron audífonos a los pasajeros. Las flight attendant de mi vuelo de ida fueron unas señoras que bordeaban la base cuatro, eran dos rubias y una morena, todas norte americanas. Ya desde el avión podías respirar un poco de Estados Unidos: naturalmente ellas no hablaban ni una palabra en español, todo era inglés. 
      El avión empezó a moverse con más velocidad y a los minutos despegó. La subida fue una cosa de aquellas. Una vez que el avión alcanzó una altura considerable pareció que se detuvo y es que cuando estás arriba, pareciese que estuvieses sentado en cualquier lugar, normal, con tus pies pegados al piso. “¿Para qué chucha es esto?”, dije, sacando los audífonos de la bolsa. Miré a los demás. La mayoría tenían la vista fija a la televisión, como si hubieran sido hipnotizados. Lo extraño era que no había sonido. Me fijé bien y tenían los audífonos puestos. Revisé mi asiento y en una parte había un hueco, coloqué el audífono y me lo puse. Al fin pude escuchar los diálogos de aquella película hollywoodense. Pasó el tiempo y junto a los minutos, el frío aumentaba. Saqué la colcha de su bolsa, esa que te obsequian en el avión, y me tapé. No pude dormir bien: el motor del avión hacía un ruido infernal. De vez en cuando cerraba los ojos y los abría. Se podría decir que mi sueño duraba entre 40 a 50 minutos y luego me levantaba y así fue toda la puta noche. La comida y la bebida que entregaban las flight attendant me supieron a mierda. Esa noche mi estómago se cerró. 
      Plan de 6:30 el avión aterrizó en el aeropuerto internacional Dallas Fort Worth. Salí del avión y miré a las demás personas: nunca me había sentido tan perdido. Seguí a un grupo, hasta que me topé con el baño. Entré e hice un tributo a Nicolas Cage. Nunca encontré el tacho o recipiente para botar el papel higiénico, así que lo tiré en el inodoro. Tiempo después me enteraría que en Estados Unidos, a diferencia del Perú, no acostumbran a tener un tacho en el baño, ya que eso almacena y desprende mal olor. Por eso botan el papel higiénico al inodoro, de frente. Luego de lavarme las manos, agarré mi maleta de mano y salí del baño para buscar la de bodega. En el camino me encontré con el mismo grupo del avión y los seguí.
      Me ubiqué en una interminable cola, parecía que eran esas colas de fin de mes del Banco de la Nación. Había gente de todo el mundo: asiáticos, norteamericanos y árabes. Una señorita vestida de azul empezó a llamar a algunos muchachos peruanos y yo me desconcerté, sin saber qué hacer, salí de la cola y le pregunté si yo estaba entre esos nombres, a lo que me dijo que no. Regresé donde estaba. La cola me llevó hacía los oficiales de Dallas, el cual uno de ellos me pidió mi pasaporte y me hizo algunas preguntas. 
      -¿Para qué vienes a los Estados Unidos? –me dijo en inglés, mirando mi pasaporte.
      -Para trabajar –le dije, fue lo primero que se me vino a la mente. 
      -Trabajar… ¿y? –me preguntó.
    -Y viajar, conocer los Estados Unidos –respondí, dándome cuenta que me preguntaban sobre la situación de mi visa J1: work and travel (trabajar y viajar). 
      El gringo estampó en mi pasaporte su aprobación de ingreso al país. Me lo entregó y seguí mi camino. 

domingo, 27 de julio de 2014

American Trip

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      Abrí los ojos. Empecé a observar aquel dormitorio el cual iba a dejar por más de tres meses. Me levanté de mi cama, fui al baño e hice toda la rutina mañanera. Era increíble que ya había llegado el día, el día D, el día el cual iba a dejar mi país para enrumbarme a una aventura sin precedente alguno. Luego de desayunar saqué la Tablet, que me había comprado solo para el viaje, de su caja y empecé a practicar. No entendía como se usaba esa huevada pero seguí intentando hasta que se apagó por la baja batería. Salí de mi cuarto y me quedé haciendo cariño a mi perro Black. Entré de nuevo y prendí la computadora. “Haz tus maletas”, me dijo mi papá, mientras esperaba que se cargué la pc.
      Antes de irme, tenía algo que hacer: ver si había salido invicto en el ciclo. Con la mayoría de cursos no tuve problemas, a excepción de uno: Contabilidad Gerencial. Ese curso de mierda sí me fue imposible aprobarlo por mí mismo. Entré al intranet y vi la nota de dicho curso. “No puede ser”, dije. El hijo de puta me desaprobó. Golpeé el escritorio y subí corriendo al tercer piso de mi casa. Acto seguido, llamé a Sonya.
      -Han colgado las notas de Conta –dije sin saludar- me jaló ese reconchasumadre.
      -¿Estas bromeando? –Respondió.
      -Hoy me voy de viaje –añadí- ¿tú crees que voy a perder el tiempo en esto? Habla con ese hijo de puta y dile que me apruebe, que me cambie la nota, no sé, métele un florazo. No puedo jalar. Jódele todo el día.
      -Ya, a las 12 lo llamo –terminó- ¿ok?
      Ustedes se preguntarán, cultos lectores, ¿por qué llamé a esa chica? Ahora, agárrense de sus asientos porque les contaré aquella historia. Era mitad de ciclo, casi todos estábamos cagados, con notas desastrosas, unos más que otros. Sonya tenía peores notas que yo, encima había faltado a una práctica. Un día bajó a la oficina del profesor de Contabilidad y le metió un floro y le dijo que por favor la ayude, que quiere aprender y todo. El viejo enfermo ese, le miró las tetas y le prometió que la iba aprobar de todas formas, que le hacía recordar a su hija, pero que lo iba a hacer si ella lo visitaba más seguido, a lo que ella aceptó. Desde ese día, ella iba a visitarlo una o dos veces por semana, se comunicaban hasta por whatsup, ya habían agarrado confianza. Él le dijo en dos oportunidades que le diga el nombre de sus amigos para aprobarlos también. En la primera le dijo solo mi nombre, a lo que él le preguntó si éramos enamorados. Ella le dijo que no, que ella tenía enamorado y no era yo. En realidad no somos ni amigos, pero bueno, sigamos con esta mierda. En la segunda, ella le dijo mi nombre y el de dos chicas, para que no le pregunte lo mismo. No sé la verdad que habrá hecho ella, que el profesor le cambió un 03 por un 19. Dudo mucho que alguien ayude a otra persona sin conocerla solo porque te hace recordar a su hija, algo más habrá pasado; sí, amigos, yo también lo pienso. Además que el último día de exámenes ella nos confesó a mí y a Kim que el decrépito ese le enviaba mensajes recontra arrechos. Saquen sus propias conclusiones.
      Era lo último que podía hacer. Decidí voltear la página y empecé a buscar mi ropa para alistar mi maleta. Empaqué polos, pantalones jean y calentadores, poleras, un par de casacas impermeables, zapatillas, medias, ropa interior y demás artículos indispensables para un viaje de varios meses. En la noche me bañé. No tenía ganas de comer, a pesar que me habían preparado uno de mis platos favoritos: papa rellena.
      Una vez que mi hermano llegó a la casa nos fuimos al aeropuerto. En el taxi miraba con nostalgia las húmedas calles de Lima. El cielo permanecía más gris que nunca.
      Llegamos. Cogí la maleta de mano y caminé con ella. En el camino vi muchas caras, diferentes, que mostraban naciones distintas y sus ropas, costumbres distintas. Adentro estaban esperándome mi abuela y la mayoría de mis tíos y primos. Estuve con ellos un rato hasta que tuve que despedirme de ellos y seguir avanzando. Llegamos hasta la puerta de acceso solo a pasajeros y me despedí de mi hermano y de mi madre. Mi madre se llenó de lágrimas por la emoción. Teníamos que ser fuertes, seguí avanzando. Mi padre, que trabaja en el aeropuerto, me ayudó hasta la mitad del proceso de inspección. Una vez que ya había pasado lo “difícil”, nos abrazamos y me despedí de él.
      Me senté frente al gate, esperando junto a los demás. Miré a todos lados y vi que habían muchos como yo que viajaban por Work and travel, pero a diferencia de mí, ellos viajaban acompañados de sus amigos o enamoradas. Luego de unos minutos, vi que la gente se paraba y se formaba en una larga cola. Me puse en la cola y una chica que estaba detrás de mí me hizo el habla, dialogamos un toque, me contó que era la segunda vez que viajaba a Estados Unidos con el programa, que la primera vez se fue a Miami con todo el calor de ahí, las playas y la gente latinaza; ahora se iba a California a conocer el frio de verdad, la nieve, hacer un toque de Ski y snowboarding. Yo le conté que era la primera vez que iba a Estados Unidos y que me iba a Pennsylvania, que no conocía mucho de ese lugar. La cola terminó en la última inspección, dos oficiales me dijeron que abra las maletas para revisar. Las mías estaban con llaves. Me puse un poco nervioso, me acordé que una estaba en mi canguro y abrí mis maletas antes de que ellos rompan los candados, al ver que no tenía nada ilegal, pasé y entré al avión.