jueves, 28 de julio de 2011

El practicante

      Bajo del microbús. El paradero era una avenida donde se podía apreciar un cuadrado delimitado por fierros azules y un vidrio transparente. Siempre estaba habitado por algún alma errante, mayormente eran escolares lo que se detenían a esperar su carro, muy poco se veía a jóvenes trabajadores y adultos sentados. Al frente se podía apreciar un hermoso parque, de un tamaño promedio, lleno de árboles y sin asientos. En dicho lugar se concentraban algunos militares, esos cachaquitos vestidos de verde, uniformados y con sonrisas estúpidas.
      Cruzo la pista, ya conocía el lugar, era imposible perderme como lo hice en la entrevista, un día anterior, un día en el cual en vez de estar feliz por mi primer trabajo, me sentía preocupado, sin saber cómo iba a hacer para estudiar en la universidad y trabajar a la vez. Sin duda, hay que tener huevos y ser lo suficientemente responsable para hacerlo. Toco el maldito timbre y luego de unos agobiantes minutos se abre la puerta. Subo. Entro y saludo al contador, aquel sujeto era el contador general y gerente de la empresa. Su esposa era la gerente administrativa y tres muchachos (dos féminas y un patita que me llegaba al pincho) eran los auxiliares contables. Yo iba a ser el practicante, el chibolo inexperto, aquella persona que trabajaba por horas y por la mísera cantidad de trescientos soles, ¡un abuso!, pero qué se puede esperar de un país que un simple empleado de telemarketing o colaborador en algún restaurante gane más que un estudiante que empieza a trabajar realizando prácticas. El primer día fue increíblemente agotador. Me acuerdo que llegué a mi casa y dije: “nunca más regreso a ese lugar y continuaré el Británico”, pero mi hermano y mi padre alentaron a que no me dé por vencido. Pensándolo bien me dieron muchas facilidades al permitirme ir los viernes a las 5.00. Bueno, posteriormente llegaba un poco más tarde, era demasiado relajado.
      Aprendí a efectuar registros de venta y compras, según sea el caso. Es increíble pensar que si te equivocas en algún monto o descuidado das enter y no te fijas en la cantidad del IGV, la cagas todo. Mínimo tres o cuatro días para vaciar los datos de las facturas, y un par de horas para revisar si te cuadró o no. Lo más tedioso, sin duda, era ver que te haya cuadrado porque basta que te hayas equivocado en algo, tienes que revisar cuenta por cuenta los montos, imagínense que cada registro tenía como doce páginas, por lo regular, y cada página tenía como cuarenta asientos contables (para el que no sabe de contabilidad, aunque no sea así, le vamos a llamar facturas), multipliquen y se darán cuenta. Obligado, se aprende a ser paciente y ordenado. Otras veces me la pasaba sellando o rellenando facturas. O al final, a sacar percepciones de los PDT.
      Me inflaba el pecho diciendo: “yo trabajo pe”, “yo soy asistente contable”, “puta, no tengo tiempo”. Aunque a veces me daba pena faltar a reuniones o eventos donde el alcohol no iba a faltar y muchas cosas interesantes, pasar. Gajes del oficio, eso eran.
      Tenía que comer solo cuando no me tocaba clases de microeconomía, porque mis “amigos” se iban a la 1:00 ya que no tenían clases en la tarde. Era rutinario, luego de comer en algún restaurante frente a la universidad o adentro, cuando llevaba taper los sábados, iba al baño, trataba de demorarme lo más que podía. Salía y me daba vueltas por la universidad, por las facultades, viendo los carniceritos de Medicina o la gente rara de Lenguas Modernas o los pastrulos y chicas ricas de Arquitectura.
      Lo que me llegaba la pincho era cuando me mandaban a pagar tributos al BCP. Lo bueno era que dejaba de trabajar y hacía hora, relajaba mis piernitas ya que odio estar sentado mucho tiempo consecutivo. Los cajeros me llegaban al pincho, muy creídos eran, más de una oportunidad me hicieron regresar por cojudeces, pero bueno, tenía que pagar el derecho de piso, como se dice. Un día el contador me pidió que pague las CTS y me indico los pasos que debía a realizar. Con el dinero en los bolsillos, me dirijo caminando hacia el BCP (La Molina), dicho lugar quedaba a corta distancia de mi centro de operaciones. Mirando las calles, los postes inertes, los árboles verdes, la gente amargada y presumida. Pregunto a una señorita vestida de azul, con voz ridícula y sonrisa fingida dónde es la cola para pagar las CTS, la señorita me indica que si tengo tarjeta en la C o si no en la S. Me dirijo en la C (ya que el contador me había dado su tarjeta para ahorrar tiempo). El esperar se hacía eterno. Al fin, mi turno. Deslizo la tarjeta y no suena (nunca me salió esa huevada), el insolente cajero me pregunta si era mía, miento, le digo que sí, lo pasa por la máquina y suena el aturdecedor ¡Pi! Le entrego el documento en físico y el USB.
      -El documento tiene que estar con la fecha actual.
      -Así me lo dieron.
      -¿Está lejos tu trabajo?
      -Está cerca, en Flora Tristán –respondo inocentemente.
      -Por esta vez te voy a hacer pasar –contesta el hijo de su madre aquel, como si estuviera haciéndome un favor-, pero la siguiente no, ya sabes tiene que estar con la fecha actual.
      -Ok.
      Se acerca su supervisora con cara de pocos amigos.
      -¿Con que nombre está el archivo? –indica.
      -No sé, ¿hay muchos archivos?
      -Sí, demasiados, tienes que regresarte para que preguntes, el buscar es una pérdida de tiempo, tenemos que atender a los demás clientes.
      “Puta madre”, digo entre mí. Me voy. El sol se ocultaba entre las nubes. Llego a la empresa y le cuento todo lo ocurrido al contador. “Mete el USB y mira con que nombre está”, dice. Habían demasiados archivos, sí, pero había uno que decía, bien claro, CTS mes de junio. Era obvio que lo hicieron a propósito. Quedé como un perdedor, un forever alone, un imbécil. El contador estaba que reventaba. “Quiero que regreses y te hagas respetar, no es posible que esos sujetos por ser practicantes en un banco se crean lo máximo y hagan lo que se les da la gana, mándalos al carajo, porque si no lo haces quedarás como un idiota”.
      Minutos pasaron y vengo con las facturas selladas con “Pagado”. El contador me pregunta qué pasó, le cuento con algunas leves mentiras. “Romario, yo sé que eres un chico bueno, con valores, no se te ve malicia en los ojos. Pero debes comprender que el mundo está rodeado de basura, gente que se cree más astuto que uno, psicópatas, gente basura, violadores, rateros, tanta inmundicia se ve en las noticias, ¿Has visto la noticia de aquel imbécil que se creyó Romeo y se suicidó y mató a su enamorada por el sólo hecho que nadie estaba de acuerdo con su relación? Quiero que te des cuenta que el mundo está infestado de escorias y si no empiezas a cambiar te irá mal”.
      A la semana me acostumbré, trabajaba escuchando música, con los audífonos en mis oídos, alejado de los demás trabajadores, concentrado en aquella sinfonía del momento y lo que tenía que hacer. Un plauso se merece Elizabeth, aquella compañera que nunca dijo no a mis preguntas e inquietudes, siempre estuvo dispuesta a ayudarme. Personas así no se ven carajo. Los demás trabajadores también fueron amables conmigo, para qué. El hijo del contador me llegaba al pincho. Venía a joder, hablando cojudeces, típico de los chibolos acojudados.
      Nos dirigíamos a cobrar a un cliente. Estaba sentado en el automóvil del contador, él manejaba y su esposa iba al lado.
      -¿Qué es lo que me querías decir ayer?
      No sabía que decirle, tenía un nudo en la garganta.
      -Debido a mis estudios, la falta de tiempo, voy a tener que dejar de practicar.
      -En la empresa vemos eso –me contesta fríamente, como si no le interesara.
      Los días que siguieron para completar el mes, fueron monótonos, aburridos y estresantes. El último día fue el más pesado tenía que completar todo lo que me faltaba, sino no me pagaban. “A la mierda”, digo, viendo en la computadora la hora, eran las 8:05. La gerente administrativa se acerca y me da los s/. 300, correspondientes, en efectivo. Mi corazón latía de forma acelerada. Firmo la hoja que me da. “Eso es todo Romario”, me dice. Le estrecho la mano, protocolarmente, y le digo: “Gracias por darme la oportunidad (de trabajar)”. “De nada, gracias a ti, más bien Romario”, finalizó con voz dulce y tierna. Me aproximo al paradero. Era una de las noches más felices de mi vida. El pago fue una miseria, sí, pero era el dinero ganado por el sudor de mi frente, esfuerzo y conocimientos y eso significó mucho para mí.

PD1. Estoy concursando en el BLOG DAY (20 MEJORES BLOG DEL PERU) en la categoría personal http://20blogs.pe/votar/?id=855
PD2. Salí invicto en el cuarto ciclo, fue un ciclo estupendo, histórico, aprobé Estadística sin problemas y fui a un sólo sustitutorio.
PD3. Estas vacaciones aprovecharé en escribir, corregir cuentos y alistarme para los XV JUEGOS FLORALES UNIVERSITARIOS URP.

domingo, 3 de julio de 2011

Día del amigo

Leia Lolita –aquella novela que desde hacía no mucho, soñé y anhelé tener en mis manos– en mi cuarto, hasta que, el estruendoso sonido del vibrado de mi celular me desconcentra. Era un mensaje de texto. Lo leo: “Soldado, ya chapé moto”. Dibujé una sonrisa burlesca en mi rostro y continué leyendo, hasta terminar el capítulo.
“¿Llevo DNI? No, ni cagando, ¿para qué?, cualquier huevada saco mi carnet universitario del 2009 y las huevas, ahí están todos mis datos. ¿Y celular?,  peor, fácil venga medio picado y pierda, así que no, por las huevas. ¿Y plata?, ¡putamadre!, llevaré dos cheques… no tengo sencillo”.
      Luego de unos minutos me llama el loco diciendo que está afuera de mi casa. Era la medianoche y todos estaban en sus respectivos dormitorios. Subo y rutinariamente pido permiso a mi viejo. “Ya, ten cuidado”, sentenció luego de aceptar mi solicitud.
      Volver a ver a mi amigo, ¿amigo?, es casi como mi hermano… por Dios; era lo más gratificante que tuve aquel domingo naciente. Mientras caminamos, conversamos  sobre las novedades que habíamos tenido durante ese lapso de no vernos.
      Veíamos, sin querer, a la multitud de gente alrededor de las discotecas, caras sonrientes, y otras, al acecho. Sentíamos el frío, un frío tímido comparado a otras noches.
      Me llegan al pincho las fechas comercialonas, pero bueno, cualquier pretexto para pasar un buen rato y olvidarme de la universidad y esas cosas que consumen mi sagrado tiempo son justificables. 
      Llegamos a la licorería, un pequeño establecimiento ubicado al frente de Metro, debajo de una discoteca de mala muerte.
      –Dos vinos, esos de cuatro soles –Loco me entrega su parte en cuestiones monetarias.
      El proveedor del alcohol tenía una cara de zombie, lo más probable era que estaba coqueado. Nos mira y se queda pensando.
      –Ya, pero faltan dos soles.
      “Hey, un toque, nosotros nunca le habíamos pagado. Dos cosas: nos está probando o en verdad se ha confundido”, pensé. Nos miramos las caras. “Vamos a arriesgar”, pensé.
      –Dale sus dos lucas –entregándoles dos monedas a loco.
      Loco le paga y el proveedor desaparece. Después de unos breves segundos aparece con las botellas y nos las entrega. “Vámonos al toque”, le dije a loco, huyendo a raudos pasos.
      Cruzamos y nos dirigimos a las Flores. En el trayecto nos percatamos que el distrito tenía lo suyo: chicas entre veinte a más, de gran belleza y picardía, caminando ostentosamente en grupo.
      –Vamos a comprar puchos ­–dije.
      –Nada –con un gesto de desaprobación–, compra y yo te acompaño.
      Vimos una tienda que estaba medio cerrada, adentro estaban tres compañeros del alcohol, tomando unas Pilsen.
      –Una cajetilla de Marlboro –dije.
      –Espera  –dijo el tío– voy a ver si hay.
      Uno de los beodos me mira, mueve su cabeza y me hace el habla.
      –¿De putamadre no?
      –Claro –dije
      –¿Sabes quienes son?
      –Nada brother.
      –Nirvana pe –haciendo, con sus brazos, como si tocaría una guitarra.
      Me resultó extraño que un sujeto así me esté dando clases de rock, pero bueno, a decir verdad, mis gustos musicales han cambiado descomunalmente desde que terminé el colegio.
      El tío regresa con una cajetilla de veinte unidades.
      –Pucha no tiene una de diez.
      –No, no hay.
      –Entonces una cajetilla Lucky.
      –Y también un encendedor –dice el loco.
      Le pago veinte soles y me da como saldo de la operación quince soles.
      –¿Un sol está este encendedor? –enojado dice el loco.
      –Puta, ya fue –Lo único que quería hacer era irme de esa mierda de lugar y dejar a aquel ebrio que hablaba incoherencias.
      –Me llega al pincho la gente que se cree pendeja cuando no lo es –finalizó el loco.
     Nos sentamos afuera de la puerta de la casa de Yesenia. El loco la llamó a su celular, pero ella no contestó.
      –¿Estás seguro que te dijo que normal podíamos venir?
      Me resultó extraño porque ella, hacía un par de horas, me mando mensajes diciendo que mejor lo posterguemos para el domingo.
    Loco revisa el mensaje.
    –Putamadre, me equivoqué.
    Reímos.
    –Pero igual voy a  llamar hasta que reviente el teléfono. Los intentos resultaron en vano.
     Abrí una botella, me serví, saqué un pucho, me lo puse en la boca, exhalé lentamente liberando un fino hilo de humo; mientras loco hablaba con una bandida por celular.
      Loco se sirve y me empieza a hablar de política. La bohemia alcanzaba su máximo esplendor.
      Un tipo se sienta al costado de nosotros, sin duda, era un choro. Nosotros nos dimos cuenta y seguimos hablando de lo más normal. A los minutos aparecen más choros. Seis se fueron a la derecha, el camino donde había más gente. El choro que estaba sentado se va y se encuentra con tres choros más. Luego cuatro choros se van a la izquierda, el lugar más oscuro. Nos tenían acorralados.
      Sale la inquilina de Yesenia. “Ella no va a salir y no hagan bulla que el bebe esta durmiendo”.
      Nos recordamos que Yesenia un día nos contó que tenía una inquilina maleadaza, era la líder de una secta de delincuentes.
      La tipa se reúne con los demás choros y conversan sobre algo. Desaparecen.
      –Ya, vámonos, salgamos por la derecha.
      –Es ahora o nunca.
      –Yo llevaré la botella.
      Habíamos terminado una y la otra estaba casi llena.
      –Yo llevaré los puchos y el encendedor.
      Huimos.
      –Fíjate si nos siguen.
      Llegamos al paradero y observamos a un serenazgo.
      –Vamos por la alameda –generalmente serenazgos custodian dicho lugar.
      Ya nadie nos seguía, pero aun no estábamos librados, el camino por recorrer era largo y peligroso. Ebrio, orino en plena vía pública, hacía tiempo que no hacía eso.
      En el camino seguimos tomando, eso me hacía recordar cuando tenía quince años y chupaba en la calle rumbo al rock en el Parque.
      Llegamos al paradero 12 y nos subimos a un muro a descansar un toque, de paso, fingíamos ser malandros para engañar a la gente.
      –Pura pareja nomás pasa.
      –Sí, ¿no era día del amigo?
      Reímos.
      –Esas flacas están hasta las huevas, de ley van a tirar.
      –Sin duda…
      –Amigos con beneficios pe.
      Y en eso, pasan por nosotros dos alcohólicos. Uno me miró y pensó que estaba fumando marihuana, al ver que fumaba un cigarrillo pequeño.
      –Invita.
      Le entrego el pucho.
      –Llévatelo nomás –dijo el loco.
      Y siguieron su camino.
      –Quiero vomitar –dice el loco.
      –Vomita nomás, como si las huevas.
      Y lo hace. La gente que pasaba por el lugar nos miraba.
      –Párate, parado nomás –decía argumentando que no estábamos ebrios.
      Volver a tomar, después de un largo tiempo, nos pasó la factura, bueno, le pasó factura.
      –¿Puedes llevarme a mi casa?
      –Las huevas, vamos.
      Lo dejé en su casa y ahora tenía que ir a la mía. Me llegó todo, no tenia mucho que perder, tan solo quince soles y un carnet antiguo. Además no tenía otra opción.
      En el trayecto pasé por alcohólicos que salían de los bares, parejas que salían del telo, prostitutas esperando a sus clientes y choros.
      Eran ya las cuatro de la madrugada… Toqué. Mi madre mencionó mi nombre.
      –Sí, soy yo, ábreme.
      Entré, mi perro salió, lo hice pasar. Me dirigí a la cocina a tomar un vaso con agua. Me saqué las zapatillas y la billetera de mi bolsillo. Y en acto de victoria caigo rendido a mi cama.